Fecha de publicación: Vie, 28/05/2021 - 06:08
Sí nacimos pa’ semilla
El baile y la literatura le han servido de fórmula secreta a la profe Daniela Sarmiento para enamorar de la vida a muchos que han sido excluidos. Volver a la escuela de su mano es el resultado de una profunda conexión con otras realidades, de llegar a los corazones de sus estudiantes y familias. Esta es su historia.
#MiProfeMiHéroe
Nació en Palmira hace 45 años y debe ser por eso que su cuerpo vibra con la salsa, con ese saborcito único que llevan en las caderas y los pies los vallunos. Tiene una energía arrolladora, un cabello crespo muy llamativo color blanco y un cuerpo atlético, que ha conseguido por la pasión por el entrenamiento deportivo y el baile.
Desde muy niña, quiso ser bailarina y, aunque no tiene estudios formales de danza, aprender y enseñar hacen parte de su espíritu. Por eso, de manera autodidacta, la profe Daniela es un trompo vivo. Una dedicada artista del cuerpo a la que la música y la literatura le mostraron el camino.
Por 26 años, ha trabajado para que jóvenes que han sufrido las afectaciones de las drogas y la delincuencia, vuelvan a la escuela y descubran su valor. Su sensibilidad también la ha llevado a trabajar con personas con discapacidad física y baja autoestima.

Su principal motor para convertirse en "maestra de vida", como ella misma se autodenomina, fue Cielo Abello, su madre, quien sembró esa semilla cuando la matriculó en la Normal Superior de Falán (Tolima).
Estando allí, recuerda a la profe Stella Palomino. Desde el principio, su manera de enseñar la ‘encarretó’ con la literatura. “Me enamoró porque creaba textos según la necesidad del estudiante y yo, inspirada en ella, desde entonces he adaptado la idea original a otras realidades que son cambiantes y únicas”.
Daniela cuenta que creó su propio método basado en esta pedagogía. Lo explica así: “busco un autor que narre historias que tengan que ver con el contexto de mis estudiantes. Me ha resultado tan bueno, que continúo usándolo en el aula, es tan flexible y adaptable que junto con los estudiantes lo hemos combinado con nuestros gustos comunes por la danza y el teatro”.
Algo que dio pasos certeros sobre sus ganas de ayudar a través de la enseñanza fue cuando llegó a la Cárcel Distrital a hacer sus prácticas profesionales al finalizar su Licenciatura en Educación Básica con énfasis en Lengua Castellana en la Universidad del Tolima.

Fue tan bonito y emocionante para ella, que estuvo más de lo que necesitaba para graduarse. “Allí no fue solo enseñar, sino también acompañar procesos emocionales que surgen cuando una persona esta privada de la libertad”.
Enseñando en esta cárcel y con lo que aprendió de la profe Stella, empezó a trabajar a través de cuentos basados en las propias realidades de sus alumnos. Y una de esas realidades fue la de Camilo*.
En esa época, él tenía unos 25 años y estaba cumpliendo una pena por robo. “Me interesé mucho en ayudarlo y, sobre todo, mi labor fue mostrarle en la educación una opción de cambio, vi todas sus habilidades y fue mi mano derecha como monitor de curso. Era un chico súper divertido, siempre dispuesto a ayudar, aunque tenía un proceso de vida muy difícil de consumo de drogas desde los 8 años, eso no fue impedimento para su transformación".
Luego de un tiempo, Camilo* salió de la cárcel y lo primero que hizo fue buscarla para que le ayudara a terminar su bachillerato. En esa época, la profe Daniela estaba trabajando en Canapro y logró vincularlo para que finalizara sus estudios secundarios.
Camilo* se graduó como bachiller y, gracias a la guía de su maestra, comprendió que la educación abre puertas. Se alejó de las drogas y emprendió un nuevo camino.
Entonces, como si estuvieran buscándola, llegó a su vida el programa 'Volver a la escuela', que es liderado por la Secretaría de Educación en Bogotá, e ingresó al colegio Guillermo León Valencia ubicado en el sur de la ciudad.
Bajo esta línea, en la actualidad, el Distrito cuenta con 477 maestros y más de 7 mil estudiantes y ofrece un modelo flexible diseñado para brindar educación de calidad a niñas, niños y jóvenes en extraedad, entre los 9 y 17 años para que cursen primaria y hasta noveno grado.
Es una apuesta educativa que busca fortalecer las competencias socioemocionales como elemento transversal en el desarrollo social y convivencial de los estudiantes.
Evita la deserción escolar causada por situaciones asociadas a la drogadicción, delincuencia, trabajo infantil, desplazamiento, violencia intrafamiliar, embarazo temprano, discapacidad física, entre otros. Es un programa acoge en la diferencia sin ninguna posibilidad de ser rechazado.
Tocar fibras
Cuando Daniela llegó al Guillermo León, se dio cuenta de que muchos de sus estudiantes tenían problemas de drogadicción y delincuencia, también algunas chicas eran trabajadoras sexuales y tenían hijos.
Bajo este panorama, lo primero que hizo fue observar sus vacíos en lo cognitivo, motor y emocional, y desde las posibilidades que le da enseñar la asignatura de Español recurrió a la danza y al teatro para abordar sus problemáticas, "para los chicos la dramaturgia y el baile se convierte en una alternativa para enamorarse del estudio".
Se puso en la tarea de planear la estrategia que nunca le falla y esta vez la encontró en el libro 'No nacimos pa’ semilla' de Alonso Salazar. Muchos elementos de la realidad de sus estudiantes estaban en el texto, “el vocabulario, la forma de vivir, varios de los personajes eran muy similares al entorno de mis estudiantes, en fin… con ese insumo, entre ellos y yo construimos los guiones para representar luego una obra de teatro que les tocara las fibras".
Daniela recuerda con mucha satisfacción cómo ellos lograron grandes reflexiones y cambios sobre sus realidades y que "al final, antes de graduarse de bachiller, un chico me dijo 'uy profe, yo dejé esas cosas porque me acordé de que en esa obra de teatro mataban al pirobo ese'''.
Esto también desarrolló un sentido de pertenencia en ellos, llevándolos por ejemplo a dejar de rayar los baños del colegio, y por el contrario empezaron a limpiarlos. También se consiguió que la mayoría reconocieran al maestro más que un ser de autoridad, como un ser merecedor de respeto.
Pero como algunas son de cal y otras son de arena, la profe dice que siempre se ha esforzado para que todos salgan de esas duras realidades, no obstante, varios se quedan en el camino.
Recuerda a Mauricio*, un estudiante con problemas de consumo de drogas y acusado por hurto. “Al salón llegaba muy peleonero y nada le gustaba", recuerda. Su estrategia frente a eso fue darle un liderazgo positivo, nombrándolo monitor de curso y representando a la profesora en algunos espacios.
"A veces no volvía a clases, me preocupada mucho, pero yo sabía dónde encontrarlo. Me iba con otro profesor en su búsqueda, llegábamos al parque donde se la pasaba y estaba que no se podía ni sentar y no reconocía a nadie de lo drogado que estaba. Lo subíamos al carro, lo llevábamos al colegio, lo restablecíamos".
Pese a los esfuerzos, Mauricio* no superó sus problemas. Sin embargo, la profe Daniela recuerda que los logros estuvieron con su mamá: “junto a la orientadora y el rector del colegio, tomamos el caso e hicimos un acompañamiento para que ella ayudara a su hijo y a manejar el sufrimiento que le producía que fuera un delincuente y drogadicto".
"Estar acompañado por la profe Daniela ha sido un aliento y un impulso"
Cuando a la profe Daniela se le pregunta qué la hace feliz, surgen en ella emociones encontradas. De un lado, su vida está marcada de felicidades que se han centrado en ver prosperar a sus estudiantes, pero también hay una tristeza inmensa que le arranca el alma.
A pesar de lo duro que ha sido, hoy en día entiende que nada es gratuito y que todo tiene un propósito en la vida de lo cual hay que aprender y volverlo útil.
Esta parte de la historia arranca con un nuevo ciclo con estudiantes extraedad (o de aceleración como también se le conoce), bajo la asignatura de Inglés de grado sexto a noveno en el colegio Manuel Cepeda Vargas en la localidad de Kennedy, donde actualmente trabaja la maestra Daniela.
Allí se enfrentó a nuevo reto: enseñar a estudiantes con limitaciones físicas. Y mientras narra esta nueva experiencia, con lágrimas en los ojos responde finalmente la pregunta sobre cuál es su mayor felicidad.
El baile, sin duda. Ese de libertad y cadencia que siempre añora hacer con su hermano Alex. Bailar con él era la mayor alegría, no solo porque lo disfrutaba mucho, sino por el significado en su labor como docente. Pero, tristemente, hace 7 meses su hermano falleció, luego de estar casi tres años en tratamientos para recobrar su movilidad.
Con la voz entre cortada cuenta que, "un día mi hermano tuvo un accidente en una piscina causando lesiones graves en su cuello y dejando inmóvil todo su cuerpo. Perdió el habla y la memoria y solo podía mover la cabeza”.
Esta pérdida tan grande, la llevó a aprender del dolor y ponerse en el lugar de quienes viven y siente alguna discapacidad en su cuerpo y vacíos en su alma. Fue un impulso para esmerarse más por atender las necesidades de sus estudiantes. ¿Quién más podía entender estas situaciones que una persona que había vivido tan cerca una discapacidad?
El amor que le produce enseñar la ayudó a sobrellevar el duelo y continuar con sus propósitos de ayudar y valorar las capacidades de varios de los jóvenes de su salón de clase.

De manera mágica, estando en ese duelo, apareció Martín Rodríguez, estudiante actual de grado octavo de aceleración. Este joven de 15 años, es un ser de luz que ha sido más lo que él le enseña, que lo que ella a él, resalta Daniela.
Martín es un chico que hasta sus 9 años tuvo su movilidad corporal en excelentes condiciones. A razón de un golpe, empezó a deteriorarse. Al final fue diagnosticado con una distrofia muscular que en actualidad solo le permite mover la cabeza, hablar y mover algunos de sus dedos.
Cuenta la maestra que fue un niño repitente de sexto grado en 3 ocasiones de aula regular, hasta que un día se cansó, dejó de estudiar y se retiró por año y medio del colegio. Su madre, en la búsqueda de opciones, llegó al programa 'Volver a la escuela'.

"Empecé a conocerlo y me decía que él sentía que no era importante para la sociedad y eso causaba en él unas ganas de no seguir viviendo y en mí una motivación por ayudarlo. Él es un chico muy pilo e inteligente. Aquí el proceso más importante es que se sienta parte de la sociedad”, cuenta Daniela.
Así es que ella empezó a generar con él hábitos y rutinas de estudio, desde que se levanta hasta que se acuesta. Esta profe ha sido un bastón para que Martín continúe en la lucha por salir adelante.
Durante la pandemia, el esfuerzo ha sido intenso y las esperanzas infinitas, ella decidió que el acompañamiento para él no podía ser solo virtual y, por eso, regularmente y con la autorización de la mamá, va su casa para reforzar la labor. Ella espera verlo empoderado y con un gran liderazgo.
Para Martín ella es su motor, "estar acompañado por la profe Daniela ha sido un aliento y un impulso para seguir avanzado y terminar el colegio. Me da mucha seguridad y me transmite mucha felicidad", además añade que sueña con estudiar alguna ingeniería como carrera profesional en el futuro.
La vocación y entrega de Daniela y especialmente su dedicación por los jóvenes que son rechazados o excluidos la hacen una maestra excepcional. Su secreto ha sido imprimirle mucho amor a lo que hace y que ellos entiendan que el maestro es su par, ninguno es más que otro, los dos son fuentes de experiencia y conocimiento.
Su tiempo libre también lo dedica a enseñar y guiar desde una escuela de nutrición a la cual ha integrado alumnas que se han animado a mejorar su salud, alimentación, su estado físico y, sobre todo y más importante, a elevar su autoestima. Ellas también son su orgullo.
Con su compromiso con el enfoque diferencial, la maestra Daniela Sarmiento ha logrado romper esquemas, reconocer las realidades de sus estudiantes invisibilizadas y convertirlas en fortalezas para así empoderarlos. Su propósito principal es que ellos recuperen y fortalezcan sus proyectos de vida.
*Los nombres fueron cambiados para esta historia.
Por Angélica Molina Fotos Juan Pablo Duarte
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