Fecha de publicación: Vie, 26/03/2021 - 09:35
Los yogures, por supuesto
Alexander no se rinde, lija y pinta el presente y el futuro de sus hijos. Solo con un poco de apoyo, él es capaz de mover el mundo. Aquí te contamos cómo lo hace.
- Yo trabajaba en Permoda como auxiliar en bodega, pero la sección de nosotros fue trasladada para Funza y entonces ya no me tocaba pagar solo un transporte sino cuatro. Salía muy costoso, tuve que retirarme de la empresa. No teníamos ni idea que iba a llegar una pandemia y, cuando nos encerraron, ya fue muy difícil encontrar trabajo -.
El taller de Alexander es impecable. Todo allí se ve reluciente, incluso la sierra con la que corta la madera; hay un lugar para cada cosa y cada cosa permanece en su lugar. En las paredes se exhiben orgullosas las repisas y las artesanías que produce. Hay de todo, lámparas, relojes, porta-celulares, cuadernos con tapas de madera, bandejas con mensajes personalizados, cuadros y una muñeca divina que se asoma como contemplando el panorama. Cada objeto está dispuesto en su sitio con esmero y, así mismo, refleja el espíritu de sus fabricantes.

En el sitio más visible se alcanza a leer “Hecho a Mano” y es un letrero hecho a mano, ciertamente. La frase está compuesta con letras de madera, de esas que son difíciles de hacer porque tienen curvas y para cortarlas se necesita una caladora y mucho, mucho, pulso. En un rincón está la máquina con la que imprimen sobre la madera, es tal vez el objeto más valioso del taller; costó mucho esfuerzo conseguirla y para operarla necesitan la ayuda de Dilan que sabe de computadores.
Uno habla con Alexander y se sorprende, pues no entiende cómo logra verse tan tranquilo y optimista, después del año tan difícil que acaba de vivir. Renunció a su trabajo porque le resultaba muy costoso desplazarse hasta Funza y con la seguridad de que encontraría otro puesto en condiciones similares, pero más cerca. Renunció con la confianza de quien sabe que cuenta con sus manos, su disciplina y su voluntad para asumir cualquier tarea que le asignen.
Pero Alexander Núñez no contaba con el SARS-CoV-2, un despreciable microbio, imperceptible a la vista, que puso en jaque a todo el planeta. El 19 de marzo se decretó en Bogotá el simulacro vital y, desde ese momento, la ciudad entera entró en confinamiento. El encierro empezó a alargarse y a la cuarentena se le pusieron todos los apellidos que uno alcance a imaginar: estricta, preventiva, obligatoria, colaborativa e inteligente. El caso es que el encierro se alargó y Alexander ya no pudo salir a buscar otro trabajo. Qué angustia.

Él lo cuenta y sonríe, entonces uno se pregunta de dónde saldrá tanta fuerza y tanto empeño. Habla de Carolina, su esposa, y de los cuatro hijos que están criando, y lo hace con tal entusiasmo que hasta le brillan los ojos.
Así como los objetos hablan de su espíritu, cada uno de sus gestos expresa el amor infinito que le tiene a su familia, el motor y el impulso vital de su existencia. Son todo. Había perdido su trabajo, pero los tenía a ellos; fue suficiente para volver a comenzar. - Tuve que buscar una solución porque la liquidación no me iba a aguantar mucho tiempo. Lo del taller lo teníamos como un hobby con mi esposa, para que ella me ayudara desde casa, pero eso que empezó como un desvare tuvo que convertirse en el pan de cada día -.
Dilan Andrei, Chelsea Alexandra, Camila y Samuel revolotean todo el día por entre las artesanías. La misma casa es a la vez el colegio, el parque y el taller. Si se alinean de frente y por edad, como para tomarles una foto, parecen un juego de destornilladores, del más grande al más pequeño. Dilan tiene 15, Alexandra 11, Camila 9 y Samuel 4, los cuatro estudian en la Alianza Educativa Miravalle.
Por la mañana la casa se convierte en colegio y el taller tiene que esperar; tienen un computador y un celular para todos. Hacen maromas. Al portátil se le dañó el audio, entonces Camila recibe la imagen por el computador, pero también tiene que conectar el celular para poder oír la clase. -El mayor se mueve solo, pero a los otros sí tenemos que supervisarlos. Hasta que no terminan clases no podemos trabajar; es una mezcla de todo, entre estudiar, hacer el almuerzo y trabajar, pero la pasamos bien -.

Desde el día uno, cuando empezó la pandemia, recibieron los bonos de alimentación que entrega la Secretaría, qué alivio tan grande.
Cada mes, sin falta, el celular de la familia Núñez se estremece al recibir los mensajes con el bono. La casa entera se agita y se alegra; y hasta la muñeca que vive en la repisa celebra la noticia. Entre los cuatro bonos suman $200.000 pesos, $50.000 por cada niño. Alexander y Carolina revisan la despensa y la nevera, toman nota de lo que necesitan, se aseguran de sacar la cédula y el celular, y cuadran todo para ir al Justo y Bueno; ahí mismo en el barrio.
Salen y hasta la calle se alcanza a oír la voz de Alexandra, – no se les olvide traer los cereaalees – y luego la de Camila, – ¡y los yogureeeeees! -. El eco de su voz los acompaña hasta la tienda y Alexander se repite así mismo varias veces – cereales y yogures, cereales y yogures, cereales y yogures -, cualquier cosa puede pasar menos que se le olvide aquel encargo.
- El almacén y las personas que están supervisando el canje de los bonos no permiten que se compren cosas que sean inoficiosas, como paquetes, ellos buscan que uno compre leche, frutas, cereales, desayunos, cosas así. No se puede hacer canje para cosas de aseo, no lo permiten. Eso me parece muy bueno, porque el bono está remplazando las onces que les dan a los niños en el colegio. Nosotros compramos avena, leche en polvo, huevos, pollo, salchichas, frutas y los yogures, por supuesto -.
En la tienda los esperan. Desde que empezó la pandemia los equipos de la Secretaría y de Compensar han acompañado de cerca la emisión y el canje de los bonos, y hasta la misma tienda llegaron para explicarles cómo iba a ser el proceso. Ahora los tenderos han asumido una responsabilidad enorme que nunca imaginaron tener, deben garantizar que los bonos se utilicen para la alimentación de los niños y deben orientar a las familias para que seleccionen productos nutritivos y saludables.

En el proceso de educar en este sentido a las familias, de pasadita, el personal que atiende en las tiendas también va educándose. Y así, como quien no quiere la cosa, lo que empezó como una tragedia, va volviéndose una oportunidad para transformar y mejorar la vida de toda una comunidad y de una ciudad. El bono viene a nombre del acudiente, así que es Carolina la que saca la cédula y muestra el mensaje en el celular, el cajero valida la información y habilita el canje.
Regresan a la casa y otra vez estalla el júbilo entre los niños, llegaron los papás con el encargo. La vida retoma su curso normal, es decir agitado, y todos vuelven a sus actividades. Alexander no tiene cómo imaginar lo que ha tenido que pasar para que Samuel disfrute de esa manera del yogur de fresa.
Mientras su vida transcurre entre las tareas, las onces, el computador, el celular, la sierra, la caladora, el pegante y la pintura; en la Secretaría, un equipo enorme trabaja sin parar para garantizar la calidad de los servicios de alimentación escolar. Que los alimentos sean los adecuados y suministren los requerimientos nutricionales, que los proveedores cumplan con los requisitos de higiene y salubridad, que las compras se hagan como deben hacerse y, sobre todo, que los beneficiarios finales de estos apoyos siempre sean las niñas y los niños.
Cuando empezó la pandemia, las 16 personas que gestionan las novedades del PAE, el Programa de Alimentación Escolar, casi enloquecen. En un día llegaron a recibir hasta 8.000 correos de padres angustiados que, ante el cierre inminente de los colegios, preguntaban por los refrigerios de los niños.
Toda la dirección de Bienestar Estudiantil tuvo que volcarse a responder. Hasta antes de la pandemia, la oficina se comunicaba con 400 colegios, después la comunicación fue familia a familia, hasta ubicar bien a las 740.000 beneficiarias.
Ahora que empezó la apertura, que será gradual, progresiva y segura, afrontan un nuevo reto en la gestión de la información, unos niños estarán en el colegio unos días y otros estarán en sus casas, garantizar que todos reciban alimentación de calidad, unos a través del bono y otros en especie, es la misión.
Además, para que la comida llegue en condiciones óptimas a los colegios, al mismo tiempo, y a todos los rincones de la ciudad, otro equipo enorme de personas trabaja día y noche alistando y repartiendo las raciones. Toda una operación logística, digna de una crónica propia.

Alexander no se lo imagina, y es que no tiene por qué saberlo, si el trabajo de la Secretaría está bien hecho, él no tiene por qué notar nada. Solo necesita tener la certeza de que cada mes el celular va a vibrar al recibir los 4 mensajes y que los niños estallarán en júbilo cada vez que regrese a la casa con el cereal y los yogures. Que sus hijos cuenten con una buena alimentación, aún en los momentos más difíciles, es lo que le permite a Alexander mantener la calma, sacar optimismo de donde no hay y volver a comenzar, tantas veces como sea necesario.
Samuel ya terminó los cereales y se asoma sonriente al taller, tiene yogur de fresa hasta en el pelo. Desde la repisa la muñeca observa la escena y sabe que todo está como debe estar, cada cosa en su lugar.

Son tiempos de pandemia, nada es fácil para nadie, pero Alexander y Carolina no se rinden, cortan, pegan, lijan y pintan el presente y el futuro de sus hijos. Juntos han construido una familia hecha a mano y con el corazón bien puesto, para ellos lo que hay es futuro por delante.
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