Fecha de publicación: Vie, 28/05/2021 - 06:52
En la misma piel
La inspiración de la maestra Tadiana para transformar las vidas de niñas y niños en condición de vulnerabilidad ha sido descubrir que, en la historia de cada uno, está la respuesta para ser reconocidos. Conozca esta experiencia fascinante en mi #MiProfeMiHéroe.
#MiProfeMiHéroe
La inspiración de la maestra Tadiana para transformar las vidas de niñas y niños en condición de vulnerabilidad ha sido descubrir que, en la historia de cada uno, está la respuesta para ser reconocidos. Conozca esta experiencia fascinante en mi #MiProfeMiHéroe.

Esta no es la historia de Tadiana Guadalupe Escorcia Romero. Es la historia de todos los que han inspirado forjar un relato colectivo que hoy narra una profe de mirada profunda y de sonrisa bien marcada… sencillamente es la inspiración de todos a su alrededor.
En sus palabras, este despertar viene “cada día con un sueño y mientras uno está en el aula no para de soñar. Quiero seguir aportando a una constitución de escuela que sea de todos y, ante todo, que sea un territorio de paz”.
Por este sueño en el que trabaja día a día, Tadiana fue recientemente reconocida por la Misión de Educadores y Sabiduría Ciudadana. También ha sido merecedora del Premio Nacional al Docente-BBVA Colombia (2016), el Premio Constructores de País y el Premio a la Investigación e Innovación que entregan la Secretaría de Educación y el Instituto para la Investigación Educativa y el Desarrollo Pedagógico (IDEP).
El éxito palpable. Por eso, este relato está lleno de héroes silenciosos, 'alas', ángeles, 'compas', canciones, cuentos, tradiciones, niñas, niños, familias y comunidades enteras con raíces e historias dignas por escuchar, reconocer y contar.
Tadiana
Aunque es bogotana, sus raíces y ancestros están en Barranquilla. Es de familia muy extensa, casas humildes, pero inmensamente grandes.
Recordar su infancia es alegría y felicidad, significa imaginar la inmensidad del mar y la playa; recordar cuando jugaba con sus primos a la orilla del mar en las vacaciones o cuando iba a coger mangos y ciruelas en los palos altos que había en la casa de su abuela materna.
¿Qué es lo más bonito que recuerda de su infancia?
Cuando mis papás se volvían niños para hacerme feliz. Eso era increíble. Mi mamá se sentaba a jugar con nosotros a las ollitas o a las muñecas. Recuerdo mucho una vez que con mi papá decidimos hacerles un bautizo a mis muñecas, invitamos a todas las niñas del barrio, mi papá era el sacerdote.

Indirectamente mis papás fueron mis primeros maestros. De hecho, la que me enseñó a leer y escribir fue mi mamá.
Mi casa siempre estaba llena de muñecas porque mi mamá cosía. Yo las ponía en fila, al frente un tablerito y les dictaba clase. Eso me encantaba. Creo que desde ahí desperté mis ganas de ser maestra.
Dentro de sus recuerdos, también está una profesora que la marcó negativamente. “Ella era muy fuerte conmigo y yo era muy tímida, eso me hacía llorar mucho. Pero, al pasar el tiempo y al llegar a noveno grado, todo cambió, empecé mis estudios como normalista. Mi refugio ahora era el colegio, me encantaba dictar clase y aprender a enseñar, en el mismo colegio dictaba en preescolar”.
Fue su refugio porque en su casa las cosas con sus padres no estaban bien, la imagen que tenía de ellos en ese momento también cambió. Al final sus padres decidieron separarse y, junto con su mamá y sus hermanos, emprendieron una nueva vida en Barranquilla.
Allí continuó sus estudios en la Normal Mixta de la Costa Norte, ese cambio fue muy duro porque se enfrentó a un mundo desconocido, sus compañeros la hacían sentir extraña y extrajera, sumado a que la veían menos por su baja estatura, se sentía discriminada y excluida.
La enseñanza
Pero como ha ocurrido durante los momentos claves de su vida, llegó un ángel que transformó su tristeza en esperanza: la maestra Vianney Rodríguez, la psicopedagoga del colegio, quien le ayudó en el duro momento familiar y escolar que atravesaba. A la vez que Tadiana vio en ella un ser extraordinario y pensó que quería ser una maestra como ella, "fue un ejemplo y un motor para mi vida".

La profe también vio sus potencialidades en la escritura, su excelente rendimiento y aprendizaje, y ese reconocimiento la llevó a ir perdiendo la timidez, "con ella empecé a desahogarme y contarle todo lo que a nadie le había contado".
A esto se sumó la práctica que tuvo que hacer como normalista, en una zona rural "para mí fue bellísimo porque viví otras experiencias en medio de una comunidad que me acogió. Estábamos en una situación muy difícil, yo me iba sin desayunar solo con lo del bus y allá me daban comida, estaban pendientes de mí, fue como encontrar otra familia".
Al finalizar la normal a sus 17 años con apoyo de su mamá decide volver a Bogotá y va vivir a la casa de sus tíos e ingresa a estudiar en la Universidad Pedagógica Nacional, la licenciatura en Psicología y Pedagogía.
¿Qué significó para su vida estudiar lo que un día soñó de pequeña?
Cada día traía cosas nuevas y fascinantes y de nuevo llegó otro ángel a mi vida, eso fue en sexto semestre, la profesora de Comunicación y Lenguaje. Ella era la profe Cecilia, entregada a sus estudiantes. Era la maestra que escuchaba, la palabra de cada uno era muy importante, en esa clase no te daba miedo hablar, le daba valor a cada cosa que decíamos, a mi hacía sentir muy yo, entonces yo decía, que chévere ser como ella.
Esta vivencia se mezcló con un grupo de compañeros que eran de los 'pa las que sea', nos ayudábamos mucho y compartíamos. A veces uno necesita que alguien lo empuje y en otras ocasiones tú puedes ser ese otro que empuje a alguien, y eso sucedía con ellos.
También y lo mejor de todo fue poder contrastar la teoría con la práctica, eso fue ver la vida de verdad cómo ocurre y hacer parte de ella. Y por eso cuando empecé a hacer mi trabajo de grado en Ciudad Bolívar y luego mi práctica en Usme y ver tantas limitaciones y dificultades en los niños, que eso terminó despertando todos los sentidos como maestra por querer ayudarlos. Veía en sus caras la impotencia de querer hacer ciertas cosas y no poder, de alguna manera me veía reflejada allí cuando fui niña.
La práctica
Esto fue suficiente para que Tadiana viera el valor de lo que una maestra como ella podía hacer para impactar en niños que tenían dificultades para ser ellos mismos en ciertos contextos.
Todo esto inició a conectarse en la vida de Tatiana, su infancia, su adolescencia, sus 'ángeles' y sus experiencias con niños la empoderan y la confrontan con la realidad.
¿Cómo se dio cuenta de que sola no era posible llegar lejos?
Tan pronto como nos graduamos, con ocho compañeros más creamos la 'Fundación Contacto' que solo duró seis meses. Nos ideamos unos talleres para abordar problemas de aprendizaje y de educación sexual.

Pero claro, más allá del emprendimiento, este fue el arranque para pesar en colectivo de ahí en adelante. Así nacieron unas ganas impresionantes por ayudar, valiéndome de la investigación e imprimiéndole una gran dosis de innovación.
De esta corta experiencia también encontré una necesidad inmensa de entender que los niños y jóvenes deben ser escuchados, vi cómo tan solo un maestro puede convertirse en una luz y su esperanza para encontrar un camino para seguir con sus propios sueños.
Su vida laboral empezó como la de la mayoría: golpeado puertas. Ella empezó en ese trasegar y se vio afectada por su aspecto, la veían demasiado joven. “Me decían que si veían mi cara no me iban creer". Luego de unos 6 meses de insistir, logró ubicarse en el Liceo Moderno León Báez en el barrio Patio Bonito, eran dos sedes de un colegio que estaba empezando.
¿Qué tiene que ver 'Betty, la fea' con su trabajo en Patio Bonito?
Recuerdo de manera muy especial esta experiencia, porque las sedes de los colegios estaban ubicadas en una zona muy vulnerable del barrio y mi oficina era debajo de una escalera, me sentía en una oficina muy parecida a la de 'Betty la fea'. Ese espacio luego se volvió muy lindo, lo decoré y le puse dibujos hechos por los niños. Un lugar que al inicio era feo se convirtió en un sitio muy hermoso y especial para mí.
Ahí yo recibí niños con dificultades tremendas, recuerdo un niño que me marcó mucho que se escondía debajo de las mesas y al hacer la historia familiar del proceso me encontré una vida con mucho dolor. Estas cosas son las que me dicen, aquí estamos por algo, podemos hacer de este lugar otra cosa.
Hasta este momento ya son dos ángeles en su vida ¿hay más?
Sí. Aparece un ángel en mi camino: una maestra que trabaja en el Distrito de la cual no recuerdo su nombre, pero sí lo que pasó. Me dijo que había una convocatoria para normalistas con poblaciones altamente vulnerables de Bogotá. Yo no le puse mucha atención porque pensaba que era muy difícil entrar. Ella misma fue y me compró el PIN, presenté el examen y luego me dijo "pasaste quedaste en el puesto octavo y debes empezar ya".
Así entré a trabajar en el año 1999 al hoy conocido Colegio Diego Montaña Cuéllar que ese momento se llamaba IED Monteblanco.
Los aprendizajes
¿Cómo fue ese primer día de trabajo?
La primera vez que tuve que ir me demoré tres horas en llegar, yo iba muy puestecita, entaconadita porque era el primer día. Al llegar allá me dicen "¡usted para donde viene vestida así! lo mejor es que venga en botas y ruana”. Claro, el colegio quedaba arriba de la montaña y había un buen trayecto para caminar. Por su puesto compré jeans, botas y ruana. Desde ahí Usme se convirtió para mí en un motor de vida, me hizo maestra.
¿Por qué esa experiencia fue tan definitiva?
Porque allá empecé a ser maestra 100 % de aula con un grupo de niños que llevaban dos años sin profesor y con problemas muy serios de aprendizaje, convivencia y autoestima. Tenía niños de los 7 años a los 15 en segundo de primaria. Repetían, repetían y seguían ahí, no había ninguna valoración sobre eso, esto me movió mucho.
Estando en este colegio conocí a una de mis 'compas' que es Ana Briceth Ramírez, nos hicimos amigas porque nos movían las mismas preocupaciones y dijimos hagamos algo.
¿Qué tuvo que ver 'Expedición Robinson' para lo que siguió?
Observamos que en los recreos los niños se la pasaban jugando al reality de televisión que había en ese entonces 'Expedición Robinson'. Nosotras veíamos que ellos en el recreo leían, se hacían sus noticas, contaban y operaban de una forma asombrosa, se hablaban con mucha espontaneidad sin miedo y sin timidez.
Así arrancamos con un proceso de investigación para mejorar las vidas de estos pequeños. Primero transformamos los salones, los decoramos y los ambientamos como si estuviéramos en una expedición, pusimos plásticos de colores en las ventanas porque no tenían vidrios, pintamos una isla, mucha naturaleza…. Hicimos de ese lugar otro. Empezaron los cambios con los niños, quienes, al ver un espacio diferente, hecho para ellos fue la mayor felicidad.
¿Cómo lo organizaron?
Conformamos un grupo de unos 20 niños de primero a quinto que presentaban dificultades. Con ellos emprendimos este proyecto, intentado hacer una 'Escuela nueva', de acuerdo a los desarrollos de cada uno.
Lo llamamos 'EXpedición escolar C' porque los otros grupos eran A y B, y decir C era muy importante porque fue una manera de potenciar la autoestima de ellos y la 'X' en mayúscula, era una manera de transformar, la 'X' los marcaba, luego fue una oportunidad de empoderarlos, hacerlos visibles y decirles que era buenos para muchas cosas.
Esto nos mostró claramente que un colegio puede vulnerar o no los derechos de un niño desde lo académico o vivencial. O que los niños, por el hecho de ser niños, también pueden ser vulnerados, o por el contrario puede uno ver que ellos también tienen grandes potenciales para no ser vulnerados.
Tuve un caso de un niño con una discapacidad cognitiva, sin registro civil, pero con nombre y que vivía en unas condiciones bastante difíciles. La mamita a veces no lo podía bañar porque no podía gastar agua en la finca que cuidaba. Aquí la condición de niño vulnera, por ser niño se puede aguantar tres días sin bañarse o no le compremos cepillo de dientes porque como se le van a caer no se necesita.
Estas condiciones a uno lo interpelan, pero es necesario ir más allá, mirar y escuchar a la familia es fundamental.
Por eso, quizá, otro personaje de esta historia colectiva es su esposo Jairo. Un cómplice incondicional de todos los proyectos que se propone. Lo describe como su héroe secreto, de esos que no se cuenta mucho pero que están detrás de sus historias y locuras, es quien hace que la inspiración no se pierda. También tiene sus dos 'alitas' Gabriel y Sara de 10 y 8 años, sus hijos, quienes le han dado un vuelo enorme en muchos sentidos a su vida, incluso en su labor como docente.
Los saberes ancestrales
Luego de 12 años de estar en una zona rural, Tadiana emprende un nuevo desafío en el colegio José Asunción Silva en la localidad de Engativá.
A su llegada, ya había un proyecto liderado por dos maestras que se enfocaba en el respeto a la diferencia y a que las niñas y niños no fueran tratados como marionetas, le llamó la atención, se integró e invitó a hacer partícipes a las familias sabiendo que esto daría mayores resultados.
Durante ese compartir con las mamás de los niños, las maestras conocieron las historias de vida de ellas y de sus familias. Muchas narraron todos sus dolores y alegrías principalmente su vida en el campo y, en la mayoría de los casos, el desplazamiento causado por la violencia. "En ese momento empezamos a evidenciar todas esas historias de vida que estábamos invisibilizando, es por eso por lo que decido que mi investigación de tesis de la maestría que cursaba sobre infancias se centraría en investigar sobre la importancia de la recuperación de los saberes ancestrales y poder determinar si estos tenían alguna incidencia en los procesos de desarrollo de los niños”.
Así es que nace ‘Del revés al encuentro’, se vuelve un ejercicio horizontal en donde evidencian que el 65 % de la población en primera infancia en el colegio era desplazada y que, además, había familias campesinas, afrocolombianas, indígenas y venezolanas. Y frente a eso no se estaba haciendo nada.
Con la creatividad y la recursividad que ha caracterizado a Tadiana, convocó a las familias a desayunar, tejer o hacer muñecos en comunidad. Los resultados fueron tan reveladores que, a través de conversaciones muy espontáneas, conocieron las historias de cada una de las familias y determinaron que la escuela es el lugar propicio para escucharlas y reconocerlas. Para ayudar a recuperar su arraigo perdido.
En medio de los éxitos de este proyecto, se construyó hace 6 años una maloka comunitaria y una huerta, que se han convertido en los lugares preferidos y de encuentro de todos.
"Este es un lugar mágico, tejemos telas, hacemos muñecos contamos cuentos, pero también tejemos la palabra. Es más, los niños y la maestra prefieren tener sus clases en ese lugar porque evocan la identidad de cada uno", dice la profe.
Esto prácticamente es la transformación de la escuela. ¿Qué más lograron?
Logramos ver que esta nueva dinámica potenció en los niños todas sus capacidades comunicativas, cognitivas y socioafectivas. Ha sido tan empoderada esta iniciativa que el colegio transformó su currículo para incluirla. Hoy en día los 17 profesores de educación inicial trabajan bajo la misma línea. Ha sido tan maravilloso el impacto de este proyecto y las familias se han involucrado tanto, que hoy en día cumplen un rol prácticamente de maestros, como sabedores de sus tradiciones.
La niña bonita
Uno de los testimonios que más recuerda la profe Tadiana es el de Leonela Cabana Chávez, una niña afro de 5 años que decía que no le gustaba su color de piel.
“Frente a ello, nosotras empezamos a hacer el festival de las trenzas. Venían las mamás campesinas y afro que hacían trenzas a enseñarnos a todos. Contábamos las historias de las trenzas y leíamos cuentos afro como el de 'Niña bonita', cuento que le dediqué y además empecé a llamarla niña bonita.
Así ella fue conociendo de donde venía su historia y fue transformándose. Ella tenía el cabello corto y se hacía dos moñitas pequeñitas, pero un día llegó con sus trenzas afro luciéndolas muy largas y diciéndome con una gran sonrisa "mira me parezco a la del cuento" y la mamá no cabía de la dicha. Luego de este extraordinario momento, la mamá les enseñó a bailar mapalé y a hacer cocadas”.
Ha tenido tanto impacto su magnífica labor que no olvida la frase de una mamá cuando le dijo "yo nunca le había contado a nadie que era indígena porque me daba pena, pero ustedes me han hecho sentir orgullosa y ahora quiero gritarlo a los cuatro vientos”.
Definitivamente algo que a Tadiana la hace llorar, es la sonrisa de un niño, verlo correr, abrazar … pero sobre todo verlo ser niño campesino, niño afro o niño venezolano y que lo sea libremente. También le satisface poder enseñar su experiencia de vida a otros maestros.
El secreto del éxito de los proyectos que ha emprendido Tadiana ha sido el trabajo colaborativo con otros, como lo dice ella, con sus ‘compas’, que es una palabra muisca que significa amigo. Sus 'compas' son maestros, niñas, niños, familias y comunidades a los que se les ha devuelto su voz y han recuperado sus raíces pérdidas.
Su 'compa' de jardín hoy en día es la maestra Johanna Villamil. “Nosotras seguimos soñando con ver una escuela transformada". Le emociona tremendamente con ella "es una inspiradora para mí, tiene unas ganas infinitas de trabajar por los niños, y me dice 'vamos a hacerlo y vamos a lograrlo'.
Como dice el cantautor argentino Atahualpa Yupanqui y lo vive Tadiana es como "encontrar a otro con tu misma piel", es sentir lo mismo que otro está sintiendo.
Por Angélica Molina
Fotos Guillermo Hernández Zorro - Fox
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