Fecha de publicación: Vie, 13/03/2015 - 17:11

EN CIUDAD BOLÍVAR SE HABLA WOUNAAN Y ESPAÑOL

Un colegio público de Bogotá acoge a 37 niñas y niños de la comunidad indígena Wounaan, desterrada del Chocó por la violencia. Ellos no hablan español, sus compañeros y maestros no hablan ‘wounaan meu’. De este dilema surge una experiencia cultural extraordinaria. Conozca la historia.

Dejaron atrás la tierra de sus ancestros y se asentaron en el sur de esta ciudad fría, de esta Bogotá que les resulta tan gris y tan extraña, para comenzar una nueva vida.

Ahora son 37 las niñas y los niños que acompañan a los viejos sabios, las madres, los tíos y todo el linaje de un pueblo indígena golpeado por la violencia, el pueblo desterrado de los Wounaan. Y cada vez que una nueva familia de esta comunidad indígena llega del Chocó a Ciudad Bolívar, el colegio oficial La Arabia les abre sus puertas.

Pero acoger a las niñas y niños wounaan en un salón de clases no es el único reto de esta escuela. Ellos hablan ‘wounaan meu’, su primera lengua. Sus compañeros de clase, edad y juegos hablan español. Un gran dilema.

O mejor: una oportunidad que alentó a los maestros de este colegio oficial a idear una manera de enseñarles manteniendo viva y radiante su identidad, su espíritu, sus sueños con animales salvajes y árboles gigantes.

Así nace la única ‘aula de inmersión’ donde se enseña español como segunda lengua en la ciudad. Un salón de clases donde es posible sumergirse en una mixtura cultural, en un viaje fantástico a nuestro propio país, ya que también allí los otros niños aprenden ‘wounaan meu’.

Se habla español

La desventaja de no dominar la lengua del lugar en donde ahora habitan, se traduce para los niños de este pueblo indígena en aislamiento. Ante esta circunstancia, a estos pequeños no les quedaba más remedio que pasar largas horas en casa o en el centro de la ciudad acompañando a sus padres a vender artesanías, siendo testigos mudos de una realidad que les era ajena en muchos sentidos, que no entendían y en la que no encontraban su lugar.

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El colegio La Arabia, quiso garantizar el derecho de esta población de acceder a una educación incluyente. Óscar Posada, un docente con experiencia en procesos con comunidades indígenas, fue quien se le midió al reto de trabajar con los niños wounaan y a meterse de cabeza en la aventura de enseñarles español, matemáticas y todos los aspectos de la cultura ‘mestiza’ que predomina en la capital.

Para ayudarlo, acompañando el proceso ha estado Euclides Chaucaram, un miembro de la comunidad que sirve de intérprete para las clases en las que se les enseñan a los niños del cabildo los conocimientos básicos para hablar y entender el español, tanto hablado como escrito.

Así, el trabajo del aula con los niños wounaan se ha enfocado en dos frentes: les enseñan a hablar y a escribir español, nociones básicas en matemáticas y les dan las herramientas para desenvolverse en una sociedad donde la educación es un imperativo; y trabajan para que las costumbres y los conocimientos de su pueblo no se pierdan.

En la actualidad, el colegio cuenta con 25 niños y niñas wounaan de entre 5 y 11 años en el aula de aceleración y de aprendizaje del español. Otros 12 niños y jóvenes, que culminaron exitosamente el proceso, ya están en aulas regulares adelantando sus estudios.

El salón wounaan

Cuando suena el timbre que indica el inicio de las clases, las 25 niñas y niños wounaan corren hacia uno de los salones ubicados en la parte alta del colegio La Arabia. Este salón, aparentemente igual a los demás, se destaca porque las paredes están decoradas con pinturas del río San Juan, de paisajes del Chocó y de coloridos animales selváticos que los niños han dibujado para rememorar su tierra.

El profesor Óscar ingresa y les dice ‘Ha wasi’, que quiere decir ‘hola’ en la lengua ‘wounaan meu’. El salón se divide en dos grupos, los que ya entienden y ‘se defienden’ hablando español y los que aún no entienden mucho y requieren del acompañamiento del intérprete. El profe Óscar, en estos casos y cuando no cuenta con la ayuda de Euclides, se las ingenia para hacerse entender.

En los casi dos años que lleva trabajando con los niños ha aprendido varias palabras de uso cotidiano para los wounaan, y cuando no se la sabe echa mano de señas y lenguaje corporal para comunicarse con sus estudiantes.

“El proceso con los niños y las niñas de esta comunidad ha sido un intercambio constante de saberes y formas de ver el mundo. Así como ellos aprenden de nosotros, en este proceso me he dado cuenta que los que debemos aprender de ellos somos nosotros”, cuenta el profe Óscar.

 

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En la última fila de pupitres se ubica Isigra Bautista, una niña tímida que a sus 10 años trata de aprender el español, las matemáticas y todo lo que le enseñan en la clase. Isigra, al igual que muchos de sus compañeritos, pasó varios meses sin estudiar porque la prioridad de su familia cuando llegó a la ciudad era establecerse y satisfacer las necesidades básicas.

Sin embargo, está situación no la desmotiva. Isigra ingresó al colegio el año pasado y en pocos meses ya ha logrado avanzar mucho en el manejo del español, ya puede escribir algunas palabras y todos los días trabaja con empeño para nivelarse en las materias.

“Me gusta mucho Bogotá. Me gusta ver los carros y las motos porque en mi pueblo no había de eso”, cuenta con timidez Isigra mientras le da los últimos retoques a un dibujo de su antigua casa en las orillas del río San Juan, en el Chocó.

Cuenta el profe Óscar que los niños que llegan a su salón prefieren actividades como las matemáticas y el dibujo porque el lenguaje se les dificulta, más en el caso de las niñas. “Se les dificulta más que a los niños aprender español porque son más tímidas, más reservadas. En la cultura wounaan las mujeres son las cantadoras, las artesanas, las encargadas de resguardar y conservar las costumbres, mientras que los hombres son más abiertos, más sociables”, comenta el maestro.

Luego de impartir las instrucciones para el ejercicio, el profe Óscar reparte entre los alumnos el ‘Buk Buk’, una cartilla de ejercicios bilingüe en donde los estudiantes encuentran los textos y ejercicios tanto en español como en su lengua. Deilito, un pequeño de ojos vivaces, trabaja concentrado en su cartilla, ubicando las partes del cuerpo en un dibujo de un niño wounaan ataviado con las ropas y accesorios tradicionales de su cultura.

En la clase de procesos básicos los niños aprenden las nociones básicas del idioma y lectoescritura (vocales, letras, construcción de frases y gramática), matemáticas (números, figuras, operaciones básicas), nociones del cuerpo humano y otros conocimientos que les sirven a los niños para desenvolverse en la ciudad.

Pero distinto a lo que se cree, la clase no es para insertar a los niños wounaan en la cultura occidental, todo lo contrario: el aula del profe Óscar busca ser un espacio para que los niños cultiven la tradición y la cultura de su pueblo, para que reconozcan y recuerden su territorio y que todo este conocimiento y sabiduría no se olvide por cambiar de entorno. Trabajo que se suma a los esfuerzos en casa de sus padres para que los niños no olviden sus raíces.

Los niños piensan mucho en su lugar de origen, en los animales, en los paisajes. Trabajamos mucho la concepción de su territorio porque independiente de si se quedan en Bogotá o regresan a su región, los niños tienen que tener claro quiénes son y de dónde vienen”, comenta el profesor Óscar, quien destaca los resultados de procesos interculturales como este.

Aprendizaje de doble vía

Las niñas y las niños wounaan son los consentidos del colegio La Arabia. Desde que llegaron, la comunidad educativa, los directivos, docentes y compañeros, los han acogido con cariño y respeto. Los niños ‘mestizos’ se han mostrado muy receptivos ante su presencia y lejos de discriminarlos han manifestado curiosidad hacia su idioma y sus costumbres.

 

“Este proceso ha sido de absoluto aprendizaje. Esta es la verdadera inclusión donde tenemos claro que los que tenemos que aprender de ellos somos nosotros. Todos los esfuerzos los hemos enfocado en hacer más visible a la comunidad, que todos sepamos de dónde vienen, sus formas de pensar y de hacer”, comenta Astrid Moreno, la rectora de la institución.

 

Por esta razón, además del aula de aceleración para los niños wounaan, la institución implementó una clase donde los niños ‘mestizos’ tienen la oportunidad de aprender algunas palabras de este pueblo indígena y de aspectos de su cultura y sus tradiciones.

 

“Ya sé decir ‘Ayó’ que quiere decir adiós, ‘Ha waspai’ que es ¿cómo amanece? y otras palabritas de los wounaan. Me gusta mucho cómo hablan, es muy chévere”, dice Laura Valentina Rodríguez, de 4º grado, quien siempre recurre a sus compañeras wounaan para aprender más de su cultura y una que otra palabrita.

 

Así, los estudiantes y profesores del colegio se han convertido en aliados estratégicos para el objetivo principal: ayudar a los niños wounaan a aprender el español para que puedan terminar sus estudios y, de esta manera, labrarse un futuro decidan volver a su pueblo natal o quedarse en Bogotá.

 

“Para nosotros es muy importante que los niños aprendan el español y que aprendan a escribir para que se puedan defender. Estamos en medio de otras culturas y es importante que ellos aprendan el idioma para que puedan tener su educación. En el colegio nos han apoyado mucho y así mismo nosotros trabajamos mancomunadamente con ellos, todo por la educación de los niños”, comenta Américo Cabezón, el gobernador del cabido wounaan del barrio Arabia y líder de las 25 familias (135 personas entre menores y adultos) que se asentaron en este sector de Bogotá.

 

Lo que inició como un esfuerzo para que niñas y niños de esta cultura ancestral aprendieran el español como segunda lengua, se ha convertido en un espacio de intercambio cultural en donde los aprendizajes son recíprocos y los saberes de una y otra cultura se dinamizan para el provecho de todos. Mientras los wounaan aprenden español, todos los demás aprenden de los wounaan.

 

Por Nicolás Rodríguez Chaparro

 

Fotos Julio Barrera


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