Fecha de publicación: Mié, 25/03/2015 - 15:50

¿APRENDER JUGANDO TEJO? UN MAESTRO DE BOGOTÁ LO HIZO POSIBLE

Con juegos ancestrales como el turmequé y la pelota maya, un maestro de Bosa transformó la educación intercultural en una experiencia viva. Un viaje donde la herencia de los pueblos originarios de América se aprende en la escuela pública de la capital.

Son las 7 de la mañana y el viento sopla con fuerza. En medio de los pastizales y las casas de ladrillo y bahareque de la vereda San José, al extremo de la localidad de Bosa que colinda con el municipio de Soacha, empieza este viaje en el tiempo para recordar las actividades y creencias de los indígenas muiscas, habitantes nativos de este territorio.

En la casa de la familia Chiguasuque Neuta, Yamile, de ascendencia muisca, recibe a un grupo de estudiantes del colegio La Concepción. Los espera junto a Jairzinho Panqueba, indígena u’wa de Boyacá, maestro premiado de la educación pública de Bogotá que enseña en el colegio San Bernardino de Bosa y es, además, un dedicado investigador en temas de interculturalidad y pueblos indígenas.

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Jairzinho da la bienvenida a los estudiantes con el sonido imponente de una caracola. Es el comienzo del ritual, por lo que los asistentes deben realizar breves giros hacia cada uno de los cuatro puntos cardinales y sumergirse en un estado de concentración en medio de una humareda de incienso.

“Vamos a agradecer a nuestros ancestros, quienes nos enseñaron todo lo que conocemos. Cierren los ojos y levanten su mano en la dirección en que nos disponemos”, dice.

A través de juegos, bailes, tejidos, ritmos musicales y otras prácticas culturales, este maestro promueve el reconocimiento de los patrimonios ancestrales en el territorio indígena muisca de la localidad de Bosa.

Entre ellos están el chaaj y el zepcuagoscua. El primero hace referencia al juego de pelota mesoamericano, ritual de competencia tradicional para las comunidades mayas de Centroamérica. Al segundo, por su parte, se le conoce como tejo o tumerqué, práctica ritual de los pueblos de la familia lingüística chibcha que habitan en Colombia y que tiene como punto de partida el lanzamiento de un disco metálico.

“La mayoría de los estudiantes son de Bosa y sus abuelos y bisabuelos son oriundos de esta región: son muiscas”, cuenta la profesora Anyie Paola Silva, tras señalar que 160 los estudiantes participan de estas actividades.

Para ellos, las niñas, niños y jóvenes del colegio La Concepción, rescatar la herencia ancestral y aprender las prácticas y tradiciones muiscas hace parte de su aprendizaje cotidiano.

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Así nació ‘Legado Indígena’, uno de los más de 130 centros de interés de aprendizaje integral que ofrece a las niñas, niños y jóvenes de los colegios oficiales la actual política educativa de Bogotá.

El lanzamiento

Con tejo y pelota en mano, los estudiantes del colegio La Concepción están listos para transportarse en el ritual. Más que deportes, ambas prácticas se asociaron en el pasado con ceremonias realizadas por los pueblos indígenas con significados políticos, religiosos y lúdicos.

Mientras el tejo, deporte nacional de Colombia, era conocido por algunos de ellos, para otros era la primera vez en la cancha. Yamile les explica las reglas y realiza el primer lanzamiento para demostrarles las distancias y precauciones de seguridad.

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“En mi comunidad siempre hablan de eso, pero yo nunca había jugado tejo. Hacerlo como lo hacen los indígenas muiscas es toda una experiencia”, asegura Christian Vanegas, uno de los jóvenes participantes.

“¡Mecha!” exclaman, tras el estallido del pequeño triángulo de pólvora que se ubica en el centro del bocín de la cancha. Animados, los estudiantes siguen a Yamile, líder de la asociación indígena Cuza Bague, mientras ella les cuenta que, para los muiscas, el tejo es un ritual de reunión familiar en torno a la fiesta, el diálogo y el barro o arcilla, que es la materia prima con que se rellenan las canchas tradicionales.

Para Yamile Chiguasuque, el tejo es un recuerdo vivo de su infancia y de su familia. “Siempre veía que mi papá y mi abuelo jugaban. Ahora también lo comparto con mi hija, que estudió en el colegio San Bernardino y ahora estudia antropología y me explica cómo éste y la pelota maya son juegos muy parecidos por sus orígenes, significados y rituales”, explica.

Mientras tanto, otro grupo de estudiantes aprende con Jairzinho el juego de pelota mesoamericana. El profesor, quien ha practicado este deporte en otros países como Guatemala, porta consigo los implementos básicos, como el ‘pachq’ab’, una especie de guantes para proteger la mano y el ‘k’ik’, la pelota de hule que es golpeada con la cadera y el antebrazo para lograr las anotaciones.

Aunque se originaron en latitudes diferentes, el chaaj y el zepcuagoscua son un saber vivo que evidencia cómo es posible con-jugar, como explica el profe Jairzinho, los patrimonios corporales ancestrales y las cosmovisiones mayas y muiscas.

Este trabajo de recuperación de las prácticas tradicionales indígenas lleva más de una década en el colegio San Bernardino. En él, han participado abuelas y abuelos de las familias muiscas para dotar de significado las prácticas tradicionales, como el tejo, y también han sido invitados profesores y jugadores centroamericanos, para compartir con los estudiantes las raíces de la práctica del juego de pelota maya.

El ganador: una educación intercultural viva

Con la recuperación de estas prácticas deportivas ancestrales, Jairzinho transformó sus clases de educación física en el colegio San Bernardino, dándoles la oportunidad a los estudiantes de conocer otras expresiones corporales que antecedieron a los deportes que hoy son tan comunes para niñas, niños y jóvenes, como el fútbol.

El resultado de todo este trabajo, titulado ‘Kwitara Santayá u’wbohiná-kueshro. Conjugación de patrimonios corporales ancestrales’, fue reconocido durante el 8° Premio a la Investigación e Innovación Educativa y Pedagógica, en donde obtuvo el primer lugar en la modalidad de Investigación.

Luego de más de un ‘embocinado’, que se logra tras la práctica de varios lanzamientos y el buen cálculo de los estudiantes, con la recuperación de los juegos tradicionales queda claro que todos ganan:

La ciudad, porque rescata la historia de sus comunidades originarias. Los colegios, las familias, los maestros porque están transformando la educación intercultural más allá del aula de clase. Y las comunidades indígenas, porque logran preservar y transmitir a las nuevas generaciones el significado de siglos de construcción de memoria sobre sus legados.


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