Fecha de publicación: Vie, 17/04/2015 - 09:41

EL TEATRO DEL SILENCIO

Estudiantes con discapacidad auditiva de un colegio público de Ciudad Bolívar, encontraron su voz en la actuación. Sobre las tablas aprenden, comparten, expresan y demuestran que su lenguaje, el de las señas, es tan universal como el del arte. Una historia de educación incluyente en Bogotá.

En completo orden los integrantes del grupo teatral del colegio San Francisco entran al salón. Acomodan sus cosas, alistan el vestuario y la utilería que van a utilizar. Estiran los músculos del cuerpo, de la cara, se mueven de un lado al otro para sacudir la timidez.

Aunque todos están curtidos en las artes escénicas y la mayoría tiene experiencia en los escenarios, están nerviosos. Es un día especial porque van a presentar un casting muy importante: es la audición para elegir los personajes de la obra de teatro que todos los años el grupo ‘Arte y Cultura en Nuestro Colegio’ presenta a la ciudad.

A diferencia de todas las audiciones que se hacen en diferentes partes del mundo, aquí no hay actores declamando largos monólogos ni directores gritando. Aquí todo se hace en completo silencio pues todos los actores son sordos, aunque nada tienen que envidiarles a sus colegas oyentes de las artes escénicas.

‘La leyenda del Dorado’, el montaje escogido para este año, fue especialmente adaptado para que los chicos representen la trama por medio de gestos, señas y mucho movimiento.

La historia inicia en la plaza de un pueblo del altiplano cundiboyacense, cuando los niños del lugar se preguntan por las estatuas de caciques e indígenas que engalanan el lugar. Así, partiendo de la curiosidad infantil, se muestran las tradiciones, mitos y leyendas de nuestros antepasados muiscas.

Alex Guerrero, un moreno vivaz de 14 años, salta al escenario totalmente caracterizado. Con habilidad se apropia del espacio. Se mueve con agilidad para encarnar a uno de los habitantes del pueblo, mientras los jueces evalúan cuidadosamente el vestuario, el manejo del espacio, la actitud del actor en el escenario y su capacidad para meterse en el rol asignado.

Su gestualidad y su impecable técnica para respirar, denotan que no se trata de un aficionado. Alex, al igual que los otros 6 estudiantes que conforman el grupo, no conoce la pena ni la timidez. Los sordos son actores naturales porque su forma de expresarse (el lenguaje de señas) así lo exige.

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Ese es justamente el insumo que dos maestras del Distrito utilizan para sacar adelante esta Iniciativa Ciudadana de Transformación de Realidades (Incitar), que desde el año pasado se implementó en el colegio para apoyar los procesos de inclusión que se adelantan con los estudiantes con discapacidad auditiva.

El teatro, más que un pasatiempo, se ha convertido para ellos en una herramienta de comunicación que les permite mejorar la lectura y la escritura y comprender los contenidos de las clases.

Pero sobretodo, el teatro les ha permitido sacar su ‘voz’, la cual se escucha fuerte sobre las tablas. Una ‘voz’ que es no es otra más que la del talento.

Ser o no ser, cuestión de naturalidad

La alegría de los niños al cambiar su rutina académica para jugar con sus cuerpos y dejar volar su imaginación, denota el objetivo primordial de este grupo teatral: brindar a los estudiantes sordos un espacio para cultivar sus habilidades comunicativas y darles una ventana para expresarse.

Sandra Rodríguez, docente de apoyo del proyecto de Educación incluyente en los colegios oficiales, y una de las personas que acompaña el proceso de ‘Arte y Cultura en nuestro Colegio’, destaca la sintonía de las habilidades que se desarrollan en el grupo con las cualidades naturales de las personas sordas para comunicar con sus cuerpos.

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“Los estudiantes con discapacidad auditiva tienen una gran ventaja en este cuento del teatro. Ellos tienen mucha expresión facial y corporal y tienen mucha teatralidad al expresarse, los gestos definidos y exagerados. Esto es algo que ellos ejercitan desde que aprenden el lenguaje de señas”, comenta la profe Sandra.

En los rostros de estos 7 niños que hoy trabajan para convertirse en actores, en cada uno de sus gestos y movimientos, se puede adivinar el anhelo que tienen por romper las barreras del silencio y encontrar la forma de comunicarse con el mundo.

Una de ellos es Paula Barragán, una joven curiosa e inquieta de 17 años, que cada día sueña y trabaja para convertirse en una gran actriz, ya que no hay muchas personas sordas en el medio artístico y, según comentan compañeros y profesores, va por muy buen camino.

Paula y su hermanito Johan, de 11 años, llegaron a este colegio en 2011, buscando atención especializada y un currículo novedoso que se ajustara a sus necesidades. Al conocer la iniciativa de ‘Arte y Cultura en Nuestro Colegio’ decidieron montarse al cuento del teatro para explorar ese lado artístico y expresivo que habían dejado rezagado.

En la audición, Paula encarna a la vendedora de helados del pueblo, que permanece todo el día en la plaza preocupada por vender y por chismosear y nunca se ha preguntado por las estatuas de los indígenas, por esa historia muerta de sus ancestros olvidados.

Toma un pupitre, lo voltea y lo convierte en su carrito de helados. Se mueve con soltura, hace con claridad los gestos y las señas y logra emocionar a los compañeros que agitan las manos en el aire en modo de aplauso, y piden la palabra cuando termina para retroalimentar la actuación de su compañera.

“Debes dejar de ser tan literal. No contar todo sino más bien hacerlo, mostrarlo”, dice con sus manos Alexander, quien gracias a su claridad narrativa asume como director y da indicaciones con propiedad.

Todos aportan, todos contribuyen porque la idea es que el montaje se vaya enriqueciendo con las experiencias de los talleres que se imparten como el de expresión corporal, el de vestuario y el de narración por medio del cuerpo.

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“Me gusta que estuvo muy concentrada, que nunca dejó de ser la vendedora de helados”, gestualiza otro compañero que destaca las habilidades de narradora de Paula.

Paula, según señala, ha encontrado en el teatro una opción, un pasatiempo, una pasión que no solo le ha servido para divertirse y dejar volar su imaginación, sino que también le ha ayudado mucho a mejorar su comunicación, su expresión y sus habilidades sociales.

“Estar en el grupo me ha servido mucho para mejorar mi expresión corporal. Me falta practicar mucho, pero estoy muy contenta de tener este espacio para expresar mis ideas, para mostrarle a los oyentes y a todos en el colegio las habilidades que tengo”, dice.

Alexander Guerrero, quien llegó al grupo en 2013, destaca además la manera en que las artes escénicas le han ayudado a mejorar su comunicación tanto con oyentes como con no oyentes. “Los talleres y todas las actividades que hacemos aquí me han ayudado a soltarme, a mejorar la forma en que me expreso y la forma en que entiendo. En las otras clases entiendo más y estoy más motivado para seguir aprendiendo”, comenta.

Tanto Alex como Paula coinciden en que su ejercicio en las tablas les han ganado un espacio de reconocimiento en el colegio, que la comunidad educativa ha aplaudido y ha apoyado porque finalmente el objetivo es ese: que vincular a oyentes y no oyentes sea una realidad.

El teatro, una maravillosa excusa

El colegio San Francisco es un referente en la localidad de Ciudad Bolívar para la atención de personas con discapacidad auditiva. Cuenta actualmente con 60 alumnos sordos, 8 intérpretes y un aula especializada para estos estudiantes.

El trabajo que vienen adelantando desde 1992, con apoyos y alianzas con diferentes entidades como Fenascol y los Centros Crecer, les ha permitido diversificar las estrategias para la inclusión de los alumnos con esta discapacidad en los espacios académicos, siendo el teatro una de sus herramientas más eficaces.

Para Cristina Rodríguez, fonoaudióloga y una de las maestras más entusiasmadas con ‘Arte y Cultura en Nuestro Colegio’, la práctica de las artes escénicas ha incrementado la capacidad de los estudiantes sordos para aprender el español (como segunda lengua) y los ha acercado a la literatura.

“Los estudiantes sordos tienen muchas dificultades en el desarrollo de las habilidades de lectura y escritura por ser el español su segunda lengua. La oportunidad de hacer representaciones teatrales de los personajes y las historias que ven en los libros de la clase los motiva mucho más y les ayuda a entender mejor”, cuenta la profe Cristina, quien maneja a la perfección la lengua de señas y tiene gran experiencia en el trabajo con niños sordos.

Otro de los frentes en los que el trabajo teatral ha mostrado gran eficiencia es en el del ritmo y la conciencia del cuerpo.

“Muchas veces, en la población sorda, se presentan síndromes que hacen que se paralicen ciertas partes del cuerpo o tengan extrema rigidez. Por eso trabajamos mucho con ejercicios de resonancia, para que los chicos sientan las vibraciones para que se vuelvan conscientes de su cuerpo, lo ejerciten y adquieran un ritmo. Que en vez de imitar una acción, en realidad la sientan”, dice Edison Aguirre, gestor territorial y tallerista de Incitar, quien reconoce que trabajando con niños sordos ha aprendido más de lo que ha enseñado.

“Trabajar con estos muchachos es muy gratificante. Poderles brindar un espacio como el teatro, que les ayuda en todos los aspectos de su vida, se recompensa con ver esas caras tan expresivas, con esas ganas que tienen de hacer las cosas y ese corazón, ese empeño que le ponen a todo”, concluye Edison.

Maestros y estudiantes trabajan día a día para hacer de su cuerpo una herramienta para expresarse, para hablar con el mundo. Romper las barreras del silencio y del aislamiento y así demostrar sus capacidades. Esa es la verdadera inclusión.

Por Nicolás Rodríguez

Fotos Julio Barrera

 


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