Fecha de publicación: Mar, 21/04/2015 - 20:10
COLEGIO PÚBLICO DE BOSA EJEMPLO DE AGRICULTURA URBANA AUTOSOSTENIBLE
En un colegio oficial, niñas, niños, docentes y padres de familia trabajan la tierra con sus propias manos para obtener frutas y hortalizas. Un proyecto de agricultura urbana auto-sostenible que transformó a la comunidad del barrio Potreritos, en la localidad de Bosa.
Más de 200 estudiantes y sus familias se alimentan con las lechugas, las papas y las acelgas que provee la tierra en una pequeña parcela del colegio Kimy Pernía Domicó, al sur de Bogotá.

Todos los días, niñas y niños, junto con maestros y padres de familia, ponen sus manos al servicio de los cultivos, con la certeza de que cada hortaliza que de allí nace irá directo a la mesa de uno de los hogares de la comunidad aledaña, en el barrio Potreritos de la localidad de Bosa.
Aleida Salazar camina entre los cultivos y se detiene a desenterrar las papas que ya están listas para ser recogidas. Es la mamá de Jefferson, Luis, John Faver y Heidy, cuatro estudiantes del colegio y participantes de la granja.
Ella, oriunda de las montañas del Cañón de las Hermosas, en Chaparral (Tolima), no puede ocultar la alegría que le produce ver nacer los alimentos en la tierra y no tomarlos en las canastas de un supermercado.
Esta madre de familia llegó a Bogotá hace cinco años. “Nos vinimos desplazados para la ciudad y ni más de los cultivos, hasta que la profe Yamile Morales nos invitó a la granja y retomamos el campo, que es lo que a nosotros nos gusta hacer”, cuenta.
Aleida es maestra de la siembra. Lo aprendió desde que era una niña y lo sigue poniendo en práctica hoy, a sus 33 años. A sus hijos y a los estudiantes del Kimy Pernía Domicó, les enseña cómo limpiar la parcela, para luego hacer la hilera de semillas, depositar el abono y arreglar las raíces y la tierra.
“En mi finca yo cosechaba y vendía la cebolla. Y como la mayoría de señoras en el campo, tenía mi huerta con café, frijol, yuca y plátano... Allá uno lo que compra es arroz, pasta y aceite, pero nunca las verduras, nada de lo que se puede cosechar”, recuerda.
Todos los días, muy temprano, camina desde su casa, a unas pocas cuadras, hasta el colegio. La acompañan sus hijos y en algunas ocasiones también su esposo. Es una rutina: primero empieza en el galpón, dándole agua y comida a los pollos y cambiando la viruta, y luego pasa a los cultivos, a sembrar y cosechar.
“Y desde que hay huerta en el colegio, tenemos ensalada fresca todos los días para el almuerzo”, dice con entusiasmo, tras asegurar que en su casa no ha tenido que volver a comprar acelgas, espinaca, cilantro y lechuga, y que estas, bañadas con suficiente limón, se convirtieron en las verduras favoritas de sus hijos.
Para cada cultivo hay un tiempo de cosecha. Un día a la semana, el trabajo en la granja gira alrededor de la recolección. Todos los participantes aprenden cómo hacerlo y juntan los alimentos, para luego armar pequeñas bolsas que son repartidas a cada estudiante para el consumo de su familia.
“Hacemos los paqueticos de acuerdo a lo que hay y a la cantidad de personas que están participando. Se mide ‘de a poquitos’, pero eso sí, todos se van contentos”, afirma la mujer, sosteniendo junto a sus hijos una bolsa en la que acaban de depositar las papas, ‘recién saliditas de la tierra’.
Después de arreglar la cama de tierra y colocar las semillas de acelga y rábanos rojos, Yerit Cañas, estudiante de grado 6°, recibió su paquete de verduras. “Lo mejor es sembrarlas en vez de comprarlas. Tienen más sabor y están más fresquitas, y mi mamá se pone feliz”, asegura la joven.
Justamente, este es uno de los objetivos de la Granja Integral Egoró, un proyecto pedagógico y productivo creado por la profesora Yamile Morales hace cuatro años, con el propósito de mejorar la calidad de vida de los estudiantes y devolver las vivencias del campo a una comunidad que está habitada en gran parte por familias campesinas que tuvieron que desplazarse a la ciudad.
“Desde que los profesores llegamos a este colegio, sabíamos que tenía un carácter rural. Quisimos encaminar el trabajo desde las áreas en esta dirección y yo empecé con un cultivo de lombriz roja californiana. Luego, con el apoyo de otras instituciones, nació la granja”, recuerda Yamile.
La granja de Potreritos
Junto a Aleida y otras mamás, Orfilia Álvarez también trabaja la tierra, en una de las esquinas del colegio Kimy Pernía Domicó. Aunque sus hijos ya son egresados de esta institución educativa, ella se mantiene firme en su compromiso con la granja.
“Trabajo aquí, voluntariamente, como representante de la comunidad, porque hace 15 años vivo en el barrio y quiero enseñarle a nuestros niños a valorar el campo”, dice desde el suelo, agachada mientras empareja uno de los terrenos y lo deja listo para sembrar semillas de apio.
Orfilia, quien también vivió su infancia lejos de la ciudad, sabe que lo que se aprende en el campo no se olvida nunca, como que el apio no estará listo para cosecharse sino hasta en aproximadamente unos tres meses y que la rama de la papa tiene que arrancarse con fuerza, como si fuera una yuca.
En la casa de Orfilia ya han comido ajiaco con papa criolla ‘made in Bosa’. Por eso, para la profe Diana Betancur, quien actualmente está liderando la granja, es claro que esta “ya es parte del colegio y de la comunidad, y está generando una fuente de alimentación e ingresos, haciendo más sostenible la comunidad que habita en los alrededores de la institución”.
Como explica Orfilia, “siempre las verduras son lo más costoso y gracias a la granja hacen parte del menú aquí en el barrio; nunca van a faltar”. Así, además de papa, a disposición de los habitantes hay quinua, cilantro, fríjol bola roja, tomate, habichuela, zanahoria, maíz, arveja, acelga, espinaca, lechuga y todos los alimentos que se den con los cuidados de esta comunidad educativa.
Pero además, agrega Aleida, su consumo es beneficioso porque son alimentos producidos naturalmente, con abono orgánico y libres de cualquier químico.
‘Un granito de arena’
Alrededor de los cultivos y del trabajo de Yamile, un grupo de 14 docentes empezó a formar otros proyectos relacionados con el cuidado del ambiente, rompiendo los esquemas de la educación tradicional.
Por su impacto y dedicación, cada uno de ellos se convirtió en centro de interés, en el marco del ‘Currículo para la Excelencia Académica y la Formación Integral 40x40’, por lo que los estudiantes pueden participar en estos durante la jornada contraria a sus clases normales.
Entre los maestros, hay quienes enseñan sobre la crianza de pollos, codornices y conejos; algunos trabajan con ladrillos ecológicos y cultivos verticales para optimizar las instalaciones de la granja; mientras otros desarrollan el abono orgánico y el alimento de los animales para que esta sea auto-sostenible.
Así, en la granja los aportes de todos suman. Con cada ‘granito de arena’ puesto por los participantes, el colegio Kimy Pernía Domicó consolida este proyecto que transformó un lote lleno de pasto, en, como su lema lo indica, una esperanza de vida para las familias de la comunidad.
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