Fecha de publicación: Mié, 22/04/2015 - 10:00

LOS PEQUEÑOS GUARDIANES DE LA TIERRA

Están en preescolar y no tienen más de 5 años, pero ya son expertos en “cultivar la vida”. Tierra, agua y semillas son todo lo que necesitan estos ‘jardineritos’ para darnos una lección de respeto y amor por el planeta.

A las 7 de la mañana, cuando el sol da sus primeros rayos de luz, Pablo Melo y Santiago Nieto, dos de los más pequeños de este colegio, se preparan para ir a estudiar. Y también para sembrar, regar y abonar su ‘Jardín de colores’.

Un pequeño universo verde iluminado por 30 especies de plantas y algunas verduras y vegetales, custodiado por las niñas y niños de preescolar del colegio oficial Domingo Faustino Sarmiento, ubicado en la localidad Barrios Unidos de Bogotá.

Desde hace cuatro meses, la profe Claudia Almanza los convirtió en ‘jardineritos’. No solo porque son dos de los más de 85 mil niñas y niños que cursan prejardín, jardín y transición en los colegios del Distrito, sino porque allí, en ese lugar que huele a flores y a tierra, Pablo y Santiago aprendieron a “cultivar la vida”, como describe la maestra esta experiencia única de formación integral para la primera infancia de la ciudad.

“Con el jardín, los chiquitos sabe que las plantas y otros seres tienen el derecho de nacer, crecer y vivir felices” dice la profe ‘Clau’, quien creó esta ‘iniciativa verde’ para sembrar en el corazón de sus estudiantes aprendizajes sobre la biodiversidad, la salud del medio ambiente y, de paso, la buena alimentación. Pero además, para transformar la vida de estos pequeños guardianes de la tierra.

Este ‘Jardín de colores’ es un espacio pedagógico donde las niñas y los niños se forman como ciudadanos activos, autónomos, creativos y responsables desde preescolar. Tal y como lo propone la actual política de Educación Inicial para la primera infancia en los colegios del Distrito, en donde las niñas y los niños son protagonistas de su propio desarrollo gracias a los pilares del juego, la exploración del medio, el arte y la literatura.

Pero, además, es una de las más de 2 mil Iniciativas Ciudadanas de Transformación de Realidades (Incitar) que la educación pública promueve y apoya en Bogotá, en las que son protagonistas los maestros, los niños, los padres.

El comienzo de un ‘sueño’ de colores

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La “gran aventura con las plantas” inició aún sin que la maestra o sus pequeños estudiantes supieran cuánto esfuerzo requería arar la tierra, sembrar, cultivar y regar. Pero se lanzaron.

Con baldes repletos de agua, palas y guantes, se dedicaron a armar el compostaje, las franjas donde irían cultivadas las plantas; enterraron varias semillitas y con la fuerza del amor, como dicen, nació su ‘jardín de colores’ que lleva este nombre en un honor a las azucenas, begonias, cerezos, claveles, entre otras especies de plantas que residen allí.

“Este lugar mágico les brinda a los chiquitos la oportunidad de disfrutar la naturaleza con calma y con paz. Además, les enseña a vivir en armonía con el medio ambiente, pues ahora son más conscientes de que las plantas y los seres vivos no se deben maltratar de ninguna forma” asegura Almanza con una sonrisa.

¡Qué empiece la aventura ‘verde’!

“Amamos las plantas porque nos brindan oxígeno y sus colores nos regalan armonía” dicen Pablo y Santiago, quienes toman del salón de clases las herramientas necesarias para cuidar su jardín y demostrarle al mundo que son ciudadanos ambientalmente responsables.

Cuando saben que es hora de ir a abonar y ‘echarle agüita a sus maticas’, los dos pequeños se transforman en los “‘jardineritos’ más comprometidos de la ciudad”, como ellos lo aseguran.

Aunque no llevan ningún vestuario especial, los estudiantes afirman que lo más importante es llevar la naturaleza en el corazón.

“Cada pedacito de tierra, es vida nueva que debemos cuidar cada día” dice Santiago, quien además asegura que una planta necesita ser tratada como un ser humano, porque es frágil y necesita de muchos cuidados.

Inmediatamente cuando ‘Santi’ termina la frase, se pone a saltar y gritar: “¡Que empiece la acción!” y sale a correr con Pablo, su mejor amigo de clase.

En menos de 20 segundos, los estudiantes llegan al jardín de colores y con sus rastrillos y palas de plástico, empiezan a hacer de su ‘pedacito verde’, según los estudiantes, el “más bonito de Bogotá”. Los pequeños han aprendido que lo más importante para que la naturaleza de sus frutos, es brindarle lo que necesita.

“Somos felices cuando ayudamos. Aunque ellas no hablan, sabemos que quieren que las traten bien y las cuiden mucho” dice Pablo con un gesto de ternura.

Al empezar su labor, los alumnos separan y arrancan con sus manos las plantas en mal estado, insertan el abono en la tierra y siembran nuevas semillas. Cada vez que hacen alguno de estos pasos, la profe ‘Clau’ les enseña la importancia de cuidar y amar el ambiente.

Florece la vida, florece al amor

“Las plantas son seres vivos que se conforman de raíz, tallo y hojas, y en algunos grupos, de flores y frutos. Ellas, al igual que ustedes, necesitan de agua, sol y mucho amor para crecer” dice Almanza, mientras observa a los pequeños y resalta que sus ojos brillan de la emoción cuando ven crecer cada día a sus “hermanitas”.

Cuando Santiago oye a la profesora, dice entre risas: “Ya somos como personas grandes, pues somos responsables de cuidar a nuestra ‘familia verde’. Esta es la tarea más bonita que nos dejan en el colegio”.

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Luego, los dos pequeños con una regadera riegan ligeramente las plantas y toman con su mano derecha los vegetales y las verduras que están en su ‘buen punto’ para insertarlas en una canasta y poderlas llevar a casa. Lechugas, zanahorias, acelgas, cebollas y cilantros forman parte de su producido semanal en el jardín.

“Ha sido maravilloso enseñarle a los estudiantes los beneficios de las plantas, con la siembra y el cultivo de nuestros propios alimentos” asegura la profe Almanza y agrega que los chiquitos ahora son más conscientes de su alimentación, pues han dejado de comer golosinas y hamburguesas.

Al terminar el proceso de cuidado y mantenimiento del jardín, con sus manos llenas de tierra y su sudadera escolar percudida, las niñas y niños admiran a las plantas. Observan sus colores, sus texturas y sus frutos.

En ese momento, interviene la profe ‘Clau’ para agradecer a los pequeños por la bonita labor que han hecho y luego empieza a cantar la canción “de las flores”, para agradecer lo afortunados que son de cuidar la vida.

“Cada día sé que le dan más valor a las plantas, pues las tratan suavemente, las cuidan sin falta y saben que las necesitan para sobrevivir” dice la profe.

En estos meses, según Claudia, el jardín ha dado un buen resultado, pues los estudiantes se encuentran rodeados de plantas grandes y pequeñas, que le dan vida a su colegio y les han enseñado el valor de la vida, el compromiso, la solidaridad y la responsabilidad.

“Nos propusimos darle un nuevo color y un nuevo ‘sabor’ a nuestro colegio. Ahora está lleno de amor, paz y un espacio verde que nos brinda tranquilidad. ¿Qué más podemos pedirle a la vida?” concluye entre risas la maestra Claudia.


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