Fecha de publicación: Jue, 30/04/2015 - 17:09

EN UN COLEGIO DE BOGOTÁ ESTÁN ‘MÁS CERCA DE LAS ESTRELLAS’

Quien lo hace posible es el profesor César Martínez, un inquieto maestro para el que observar las estrellas se convirtió en el mejor pretexto para desarrollar las habilidades de jóvenes talentos con una desbordada curiosidad por entender cómo funciona el universo.

A las doce del mediodía, la temperatura se incrementa en el Domo del observatorio del Colegio Distrital Sorrento de Puente Aranda. Pero el sopor pasa a un segundo plano cuando el profesor César Martínez alista el telescopio coronado para observar el sol y estudiar sus emisiones de masa extracoronar, o en otras palabras, las llamaradas que entran y salen de la estrella, en forma de arcos.

De día o de noche, cualquiera puede ser el momento para entrar al observatorio y observar el firmamento. Lo único importante, dice Roosevelt Barrera, un joven y perspicaz estudiante, es que el cielo esté despejado.

Él y sus compañeros saben cómo funciona el filtro H Alfa que posee ese telescopio, el cual evita que se queden ciegos al observar directamente el sol. “Sin el filtro, sería como pasar la luz del sol por una lupa y ponérsela en un ojo”, explica Roosevelt.

Roosevelt tiene cinco años de experiencia en astronomía, Yemal Díaz lleva cuatro años observando el universo y Daniel Díaz, dos años como astrónomo aficionado. Ellos son apenas tres de los cientos de jóvenes que han pasado por este observatorio a lo largo de más de 10 años. Tiempo en el que el profesor Martínez se ha encargado de convertirlo en el foco de un proyecto de aprendizaje que enciende la curiosidad de sus estudiantes y los lleva por los caminos de las ciencias, las humanidades y el arte.

Aquí no solo aprenden sobre galaxias, constelaciones, cúmulos y otros objetos del universo; la idea es que se hagan preguntas y las traten de resolver con lo que aprenden en las clases de matemáticas, química o biología.

Así fue como Daniel estableció una nueva unidad de medida astronómica: la tierra. Se aventuró a medir los arcos incandescentes que durante varios días fotografiaron mientras el sol estaba en su punto más alto desde la tierra.

El experimento inició cuando, intencionalmente, el profesor Martínez lanzó una pregunta al aire: “¿cuánto mide una de esas llamaradas?”. De inmediato se activó la curiosidad de Daniel, quien buscó en Internet y encontró que 111.3 tierras caben en la línea que traza el diámetro del sol. Basado en una foto, estableció una escala, hizo algunas mediciones y determinó que en el arco más grande de su foto caben ‘tres tierras enteras y tres cuartos de una’.

“Entre más aprendo para que sirven, más me gustan las matemáticas”, afirma Daniel, quien aprovecha su pasión por las ciencias exactas para hacer cálculos y utilizar correctamente el telescopio.

Su compañero Yemal, un chico de gafas cuadradas y cuerpo menudo, cuyo rostro se torna expresivo e inquieto con cada pregunta del profesor, es el más brillante en mecatrónica. Con sus manos delgadas y finas es capaz de desarmar cualquier cosa que le pongan al frente. Es como el cirujano de todo tipo de artefactos que se encuentran averiados en el colegio. 

Mientras observa las denominadas zonas frías del sol, que de frías no tienen nada porque, según Yemal, en el interior tienen temperaturas de 2.000 ºC, cuenta que por sus manos pasó el viejo telescopio Dobson con el que se abrió el observatorio del colegio, hace más de 10 años.

El óxido había corroído los tornillos y las tuercas del jubilado artefacto de astronomía que reposaba en un rincón de un salón; el lente estaba rayado. Yemal solo pensaba en devolverle la vida y por eso, lo limpió y trató de reubicar las piezas oxidadas.

Su trabajo llamó la atención del doctor Raúl Joya, un académico que ha apoyado el proceso que realizan los estudiantes del profesor Martínez. El científico proporcionó los recursos materiales para reemplazar las piezas averiadas. Hoy en día, el telescopio Dobson volvió a escrutar el cielo junto a los ojos de estos jóvenes astrónomos.

La mayoría de equipos e instrumentos que hacen parte de este observatorio han sido producto de la gestión del profesor César Martínez, pero ahora, cuentan con nuevos recursos gracias a que el proyecto se convirtió en una de las más de 2 mil Iniciativas Ciudadanas de Transformación de Realidades (Incitar), apoyadas por la Secretaría de Educación del Distrito (SED).

Ahora el observatorio cuenta también con una cámara de fotografía, unos binoculares y una pantalla plana para captar las mejores imágenes que pasan por los lentes de los telescopios. Pero más allá del recurso material, Daniela Ardila, referente de Incitar para la localidad de Puente Aranda, asegura que la idea es movilizar un proyecto científico en torno a las capacidades ciudadanas. “Además de que el estudiante sea muy pilo en ciencias, queremos que el estudiante salga a la calle y sea ciudadano”, afirma Ardila.

Un objetivo que encaja muy bien en el proyecto del profesor Martínez cuyo lema es: “El respeto por la vida en todas sus manifestaciones”. Con la astronomía les ayuda a descubrir sus talentos; con las capacidades ciudadanas les enseña a tomar conciencia de cómo entregar ese talento a sus comunidades. “Aquí todos saben que lo primero es el respeto por el otro y por su entorno”, afirma el profesor Martínez y pregunta a sus estudiantes cómo asociar la astronomía con las prácticas de ciudadanía.

Roosevelt, quien siempre está listo a dar una respuesta y se ha caracterizado toda su vida por su gran elocuencia, responde: “sabemos que la tierra es el único lugar habitable del sistema solar y eso nos lleva a ser conscientes de que no tenemos más alternativa que cuidar nuestro hogar”, afirma el estudiante y añade que ese razonamiento es una prueba de que la astronomía no solo sirve para mirar hacia afuera, sino además, para aprender a valorar lo que ofrece nuestro propio planeta.

Por David Amaya A.

Fotos Julio Barrera

 


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