Fecha de publicación: Mar, 12/05/2015 - 11:20

MÁS QUE UNA ENFERMERA, UNA AMIGA Y MAESTRA

El amor construye un mejor país. De eso está segura Jackeline León, una de las 55 auxiliares de enfermería que apoyan el aprendizaje de niñas y niños en condición de discapacidad en los colegios públicos de Bogotá. Con su historia, nos unimos a la celebración internacional del ‘Día de la Enfermera’.

A Juana Gisell Salas Martínez le gusta dibujar, escribir y reír, reír en cantidad. Su parálisis cerebral nunca ha sido impedimento para ser feliz, y siempre ha logrado todo lo que se ha propuesto. Su familia ha sido su principal apoyo, pero desde que Jackeline León apareció en su camino, su vida y la de sus seres queridos cambió, y de qué manera.

“Mira cómo tienes la mano Juanita, apóyala mejor, tu puedes”, se escucha decir en una esquina del salón a una mujer de tez blanca, ojos grandes y larga cabellera. Su vestimenta, un colorido uniforme con cientos de pequeñas cofias y jeringas estampadas delatan su profesión: ella es Jackeline, la auxiliar de enfermería, que en el colegio Manuelita Sáenz hace más fácil la vida de las niñas y niños que tienen alguna lesión física o neuromotora.

“¿Así?” dice Juana mostrándole a Jackeline perfectas líneas verticales que hacen las veces de un frondoso pasto de donde nace un árbol grande y robusto. La enfermera asiente con la cabeza, sonríe, y Juana le responde con una sonrisa aún más grande.

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En una esquina está Gisell Martínez, la mamá de Juana, quien observa con ternura la escena. Es ella la primera persona en señalar que Jackeline ha sido una bendición, “gracias a ella mi vida volvió a tener orden”, asegura.

La limitación no existe cuando hay amor

Parálisis cerebral distónica e hipotónica fue el diagnóstico que hace 11 años cambió para siempre la vida de Gisell y Juan Carlos, una pareja de esposos que aprendió a vivir con una hija en condición de discapacidad.

“Al principio fue duro. Es mi tercera hija y en mis dos embarazos anteriores todo había salido bien, así que todo esto fue nuevo y difícil. Creo que todo padre que pasa por esto se pregunta ¿por qué a mí?, pero luego uno descubre un mundo tan lindo con estos niños que se llena de fuerza para luchar por ellos”, comenta Gisell.

Este cariño infinito por su pequeña llevaron a la familia Salas – Martínez a hacer realidad el deseo que Juana pidió una tarde de 2013: “quiero aprender a leer y a escribir”, fue su petición, pues a pesar de estar varios años en un instituto para niños especiales, ella quería ir al colegio, asistir a clase y jugar en el patio como cualquier otro niño.

“En el instituto recibía terapias pero no estaba escolarizada –explica Gisel -. Cuando ella nos dijo que quería estudiar, empezamos a buscarle colegio y así llegamos acá, al Manuelita Sáenz”.

Pero la tarea no fue sencilla, pues a este colegio de la localidad de San Cristóbal, no solo llegó Juana, también tuvo que hacerlo su mamá. “Me tocó repetir primero de primaria”, dice Gisell quien debido a la falta de una persona idónea para el cuidado de su hija, tuvo que dejar de trabajar para estar todo el día en el colegio con Juana.

Fue así como izadas de bandera, clases de educación física, salidas pedagógicas y descansos, se convirtieron en la rutina de esta madre de familia, que asumió estas nuevas responsabilidades y continuar con las de siempre, como cuidar de sus otros dos hijos y estar al frente de las obligaciones del hogar.

Pero todos los esfuerzos valieron la pena, pues Juana aprendió rápidamente a leer, a escribir, a multiplicar y a dividir. Su carácter alegre contagió a toda la comunidad educativa, en especial a Melba Céspedes, su profesora.

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“Juanita fue un regalo que Dios me puso en el camino. Cuando llegó pensé que no iba a poder sacarla adelante porque no había tenido una estudiante en su condición, pero con el tiempo me di cuenta de lo inteligente y responsable que es (…) ella me enseñó más a mí que yo a ella”, comenta la profe Melba.

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Justo al terminar el año escolar, y cuando Gisell se disponía a repetir segundo grado, les llegó la noticia de que una persona llegaría al colegio para atender exclusivamente a estudiantes como su Juana.

“Al principio nos dio miedo dejar sola a nuestra hija, pero a los pocos días Juana estaba feliz, y nosotros también porque empezó a mostrar avances increíbles”, dice Juan Carlos, el papá de la niña.

Junto a Jackeline, la hiperactiva Juana dejó a un lado su silla de ruedas y poco a poco aprendió a usar el caminador para llegar, por su propia cuenta, a su puesto de trabajo en el salón de clase.

Su posición a la hora de escribir mejoró notablemente, igual que su relación con los demás. “Jackeline le inyectó mucho amor, autonomía y seguridad en sí misma”, dice Gisell quien además de recuperar su rutina, descubrió gratamente que no solo el amor es clave para ayudar a un niño, también se necesitan los cuidados que solo un profesional le puede brindar.

La clave de la verdadera inclusión

“Cuando llegué al colegio, Juana estaba estudiando con la mamá porque los profes no podían estar pendientes de todos los niños, pues aunque sus capacidades cognitivas son perfectas, necesita ayuda para cosas sencillas como ir al baño - explica Jackeline -. En un principio fue difícil que la mamá se desprendiera de su hija, tenía miedo, pero ese es nuestro papel, mostrarles a los padres que los niños deben aprender a ser autónomos”.

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Es precisamente en este aspecto, en donde para esta auxiliar de enfermería, se hace realidad la idea de brindar a niñas, niños y jóvenes en condición de discapacidad, una educación incluyente.

“Es cierto que estos niños requieren atenciones específicas, pero eso no quiere decir que no tengan derecho a estudiar. Las habilidades que ellos pueden desarrollar son numerosas, solo necesitan un poco de apoyo extra para lograrlo”, señala Jackeline, quien llegó a la vida de la familia Salas Martínez gracias al área técnica de atención a estudiantes con discapacidad y talento de la Dirección de Inclusión e Integración de Poblaciones de la Secretaría de Educación del Distrito.

A la fecha, este programa cuenta con 55 auxiliares de enfermería que brindan apoyo a 193 estudiantes de colegios oficiales con discapacidad múltiple, física y lesión neuromotora, en procesos de movilidad, autocuidado, higiene corporal y alimentación asistida.

“Yo estoy muy agradecida con todo lo que Jackeline ha traído a nuestras vidas, no sólo mi vida volvió a coger orden, sino también Juana ha aprendido mucho y eso no tiene precio”, asegura Gisell.

A esta opinión se suma Juan Carlos, no sin antes reiterar la importancia de trabajar en equipo. “De nada sirve que en el colegio hagan de todo para que el niño esté bien y llegue a la casa y los papás lo dejen abandonado en una esquina mirando televisión, así no sirve, el compromiso debe ser de todos”, asegura.

Y es que en el colegio Manuelita Sáenz todos están convencidos de que en la sinergia entre los padres de familia, los profesores y las enfermeras, está el secreto del éxito de Juana que, como su mamá lo dice, está dispuesta a comerse el mundo a mordiscos porque sabe que puede alcanzar todas las metas que se proponga.

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Aunque por ahora esta pequeña de ojos vivaces asegura que quiere ser policía “porque quiere la paz para Colombia”, no descarta la posibilidad de ser una gran médica veterinaria para atender a mascotas como Juan Pablo, su Bull Terrier, que a pesar de su ruda apariencia, es suave, cariñoso y tierno con su ama.

“La gente tiende a juzgar por lo primero que ve, por eso me gusta lo que hago porque sé que el día de mañana, cuando nosotras seamos viejitas, vamos a ver a estos niños convertidos en todos unos profesionales, y entonces todo este esfuerzo habrá valido la pena”, concluye Jackeline, mientras Juana escucha atenta y esboza una sonrisa. Es pequeña, pero sabe muy bien que sin el abnegado trabajo de su enfermera y el incondicional apoyo de sus padres, no sería una de las alumnas más destacadas del tercer grado.

Por Paula Andrea Fuentes Baena

Fotos Julio Barrera


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