Fecha de publicación: Vie, 15/05/2015 - 11:42

#GRACIASPROFE MÓNICA PATRICIA SÁNCHEZ JARAMILLO

Esta profe de español y literatura se define como una revolucionaria. Y lo es, porque su vida tiene dos grandes objetivos: formar a una nueva generación de paz y transformar la vida de sus estudiantes en la localidad de Usme.

Ser mujer es una bendición. Es duro, es una lucha, un batallar gozoso que se debe vivir con intensidad día tras día. Somos fuertes, pero estoy convencida de que lo seremos más el día en que dejemos de pelear entre nosotras.

De mis profesores aprendí dos cosas: la primera, uno siempre debe amar lo que hace, y la segunda, que uno siempre tiene derecho a equivocarse, pero no a permanecer en el error.

Siempre quise pertenecer a la educación pública. Por eso luego de estudiar toda mi vida en colegios privados ingresé a la Universidad Francisco José de Caldas a estudiar licenciatura en lenguas modernas, y allí confirmé lo que ya sabía: en la educación pública se refleja la verdadera situación del país, aquí hay espacio para todos, no solo para unos pocos privilegiados, y es por eso que me gusta hacer parte de ella.

Yo soy docente porque soy revolucionaria. La revolución se hace en la cotidianidad y creo que el aula de clase es el mejor espacio que uno tiene para empezar a transformar realidades. En un salón de clase se puede hacer revolución sin atentar con la integridad de nadie, y eso es invaluable.

Transformar la realidad desde la escuela no es una utopía, sí es posible. Lo que pasa es que somos acelerados y eso requiere tiempo, y a veces uno también se desencanta porque quisiera que más los pelados se ‘encarretaran’, y no es así. Pero para darme esperanza siempre repito la frase que me decía mi coordinadora Liliana López, “con los muchachos no se logra todo lo que uno quiere, pero jamás se pierde lo que uno hace”, y de eso estoy ahora convencida.

El optimismo es una de las cuestiones que me caracterizan. Creo que por eso la gestora de Ciudadanía y Convivencia, Sandra Romero, nos invitó a mis muchachos y a hacer parte de la Red de Facilitadores en Ciudadanía y  Convivencia del Cinep. Allá colaboramos en la elaboración de módulos y aplicativos para la red de facilitadores. Fue un proceso delicioso, en especial para mis estudiantes que encontraron allí otros espacios de expresión. ¡Ah! y la profe Margarita, que es uno de los personajes de estos módulos, está inspirado en esta utópica soñadora.

Somos un pueblo que merece la paz. Como docente pienso que tenemos una responsabilidad enorme en nuestras manos, pues además de rescatar la memoria histórica, debemos seducir a los muchachos para que entiendan que la paz empieza por uno mismo, que empieza cuando reconozco que con el otro tengo diferencias, pero también tengo puntos comunes, y que ese otro es un igual a mi, aunque sea distinto. Son muchas las formas que tenemos para lograr esto, pero veo en estos módulos de Ciudadanía y Convivencia que hicimos, una gran herramienta para aplicar, difundir y por supuesto, producir paz.

“Gracias por seguir soñando”. El año pasado, la Secretaría de Educación me dio una placa y para mí ése fue el mensaje. Me la dieron el 18 de noviembre de 2014, en el Centro Nacional de Memoria Histórica, por ser una maestra líder en derechos humanos y construcción de una generación de paz. Fueron mis estudiantes los que me postularon para este reconocimiento, y entonces es ahí cuando uno siente que todos los esfuerzos valieron la pena.

Creo que me la llevo bien con mis estudiantes porque me muestro tal como soy. Ellos se dan cuenta cuando uno tiene máscaras, y eso los aleja. En cambio, cuando dejamos de lado tantos acartonamientos y empezamos a compartir conocimiento y a encontrarnos y reconocernos como seres humanos, todo se transforma. Eso lo sienten los chicos, y ellos son extremadamente agradecidos. Estoy convencida de que el amor redime, entonces ¿cuál es el problema de que la afectividad se apodere de la escuela? Ninguno.

Siento un amor infinito por mis estudiantes. Me encanta su curiosidad, su creatividad, que son receptivos, pero no sumisos. Por eso siempre trabajo para hacer de ellos personas críticas, conscientes, ciudadanas y solidarias.

Soy explosiva. Y eso se lo muestro a mis estudiantes para que ellos se den cuenta de que tienen derecho a expresarse tal como son, porque si no estamos de acuerdo en algo, tenemos derecho a enojarnos, pero nunca a hacer daño. Eso es totalmente diferente.

Ser docente, más que una profesión, es un estado de vida. Un ingeniero puede salir de su trabajo y ‘quitarse ese vestido’, pero un maestro no, pues somos nosotros los que formamos a los ingenieros, a los médicos, a los profesionales, a las personas. En resumidas cuentas: construimos sociedad, somos referente de vida y ese es un compromiso enorme del que no podemos desprendernos.

Creo que nos estamos equivocando en el significado que estamos dándole a la escuela. A nuestros chicos les han enseñado que van al colegio a aprender para seguir estudiando tener un título y obtener plata, y no creo que debe ser así. Antes de todo eso debemos decirles que vienen a la escuela a encontrar sus debilidades, a explorarse, a fortalecerse como seres humanos.

A mi no me mueve tener un carro porque me gusta caminar. No me mueve tener una finca porque tengo el páramo de Sumapaz aquí cerquita, no me mueve tener casas porque no me la voy a llevar a donde me tenga que ir. Por eso soy feliz: ser maestro no da plata, pero es una delicia que toca espíritus y transforma vidas.

Entrevistada por Paula Andrea Fuentes

Fotos Julio Barrera

 

 


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