Fecha de publicación: Vie, 04/09/2015 - 11:09

KARATE EN EL COLEGIO: UN ‘SALVAVIDAS’ PARA LOS JÓVENES DE CIUDAD BOLÍVAR

En el colegio La Estancia – San Isidro Labrador, hay un profe sensei que guía a un equipo de estudiantes con madera de campeones. Ellos encontraron en el karate una opción de vida, con la que han ganado coraje, disciplina y más de 60 medallas. Esta es la Jornada Completa de Bogotá.

“A mí los profesores y los directivos de acá me dicen ‘el hijo de la Estancia’, porque cuando llegué estaba flaco, acabado. Yo no tenía dientes, andaba con los labios secos, las manos quemadas de bazuco, con la ropa untada de pegante”, así comienza su relato Johan Sebastián Cifuentes, un exalumno y deportista consumado, que con orgullo afirma que el karate lo alejó de las calles y lo ayudó a ‘enderezar el camino’.

Todas las noches y sin excepción, cuando terminan las clases y suena el timbre, el colegio La Estancia – San Isidro Labrador se convierte en una escuela de artes marciales. Esfuerzo, sudor y determinación. Esas son las claves con las que estas nuevas promesas del karate nacional quieren conquistar el mundo. De Ciudad Bolívar a los podios más cotizados de las artes marciales.

Los 50 estudiantes que aquí se entrenan, disciplinados y rigurosos como cualquier deportista de alto rendimiento, han recogido más de 60 medallas en certámenes distritales y nacionales, gracias a la inclusión del karate como uno de los centros de interés que ofrece la educación pública en la implementación de la Jornada Completa de Bogotá. Ellos eligen lo que quieren aprender, la escuela lo hace posible.

El profesor Andrés Hurtado es el primero en llegar al comedor del colegio, que con unos pequeños ajustes se convierte en su lugar de entrenamiento. Este amante de las artes marciales y de la pedagogía, deja atrás su bata de maestro y se pone su uniforme de blanco prístino y su cinturón negro, que lo acredita como el ‘sensei’ de esta “escuela de karate estrato 1”, como él mismo la llama con orgullo.

Con ayuda de uno de sus pupilos, retiran las mesas, apilan las sillas a un lado y cuelgan los estandartes de la escuela en los que se leen las leyes del karate Shotokan: perfeccionar el carácter, ser fraterno, ser constante, respetar a los demás y frenar el comportamiento violento, leyes que fueron asumidas como compromisos por los estudiantes en cada jornada de trabajo.

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El comedor del colegio se convierte en el ‘Dojo’, palabra japonesa que designa el  lugar sagrado para el entrenamiento de las artes marciales. Poco a poco van llegando los estudiantes y, como si de un acto ceremonial se tratara, se fajan su karateghi; el traje tradicional que se usa para entrenar y combatir.

Con él, se ponen la piel de un luchador, de un artista marcial que todos los días entrena para aprender a mejorar su entorno y usar su cuerpo como un instrumento de equilibrio mental.

Un ‘salvavidas’ para la juventud en Ciudad Bolívar

La historia Johan Sebastián Cifuentes es una de esas que inspiran. Que hacen creer en que la educación es el camino. “A raíz del asesinato de mi papá empecé a desjuiciarme, a coger malas amistades. Esas amistades me enseñaron a consumir drogas. En un momento ya no llegaba a la casa dos, tres meses, un año. Dejé el colegio y cuando me di cuenta ya estaba en la calle. Reciclaba, robaba, pedía en tiendas. Tengo gastritis, úlcera de aquellos días”, continúa Johan con su relato.

“Un día, cuando tuve a la muerte cerca, sentí esa necesidad de cambiar y regresé al colegio. Aquí me acogieron los profes y los compañeros, sobre todo el profe Andrés. Le debo mucho al sensei Andrés. Él me acogió, me entrenó con mucha paciencia porque yo era puro descontrol. Cuando hemos tenido problemas, él nunca me ha dicho váyase, no vuelva. Al contrario, me dice: ‘Sebas, usted sabe que aquí es bienvenido, bájele un poquito’, entonces uno ya como que uno va entendiendo más y empieza a cambiar”.

Johan fue uno de los primeros estudiantes del profesor Hurtado – la escuela comenzó con 4 alumnos, hoy tiene 50 de todas las edades-. Gracias a su determinación y a su voluntad, después de seis meses de riguroso entrenamiento logró conseguir sus primeras medallas. Y lo más importante: logró un cambio sustancial en su vida. Dejó las calles, se graduó como bachiller y ahora se capacita como técnico administrativo. Está enfocado en el deporte, en el estudio, en construir un futuro. Las enseñanzas del karate y del profe Andrés, vivirán en su corazón toda la vida.

“Lo que más me gusta del karate es que es una actividad donde se valora el esfuerzo. Aquí el que suda, el que trabaja, el que sufre, es el que se gana el respeto del sensei y de los compañeros. El karate me ha enseñado a ser disciplinado, a levantarme temprano, a entrenar a diario, a ser más reflexivo ante un problema, a llevar la vida con calma. Y lo más importante, aprendí que el karate no es violencia, ni golpes, todo lo contrario. Es una manera de relacionarse con el cuerpo, con los demás, porque golpes puede tirar cualquiera, pero aquí nosotros no peleamos, combatimos”, finaliza.

Johan no es el único que, además de medallas, ha ganado una valiosa enseñanza para la vida. También está el caso de Dayan Rodríguez, una niña que pasó de ser la típica ‘bravucona’ que casaba peleas por una mala mirada, a ser una de las líderes del colegio y una mediadora en la resolución de conflictos.

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“Yo había visto peleas de karate en internet y en películas y me parecía muy chévere, pero no tenía la oportunidad de entrar a una escuela porque son muy caras. Así que cuando abrieron ese centro de interés aquí en el colegio me metí de una. Me llamó la atención entrenar un deporte diferente al fútbol y al baloncesto”, comenta Dayan, al tiempo que reitera que gracias a esta disciplina se ha vuelto menos agresiva y menos conflictiva.

Dayan tiene 16 años, y aunque apenas lleva 10 meses entrenando, ya despunta como una de las promesas de este deporte en el Distrito. Recientemente, se llevó dos medallas de bronce de un certamen en Envigado, Antioquia. Su proceso, como el de muchos otros, da cuenta de los beneficios de esta disciplina deportiva en la formación de las niñas y los niños.

“Yo antes era grosera y buscaba peleas, le contestaba mal a los profesores. Desde que empecé a entrenar me he vuelto más tranquila, más calmada. Una de las cosas que el sensei nos repite todo el tiempo es que los karatecas no pelean para atacar a los demás, sino para defenderse”, dice Dayan mientras se ajusta su flamante cinturón celeste, aunque, como ella misma dice “el cinturón es para tenerse los pantalones, lo primordial es entrenar para ser mejor persona”.

Karate para transformar vidas

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Los uniformes y los guantines con los que practican, fueron donados por deportistas que se han unido a esta maravillosa causa. Los lazos de entrenamiento los construyen ellos mismos, las bandas elásticas son neumáticos viejos recortados. Aquí no hay lujos ni suntuosidades, solo ganas de trabajar y empeño para aprender. Como dice el sensei Andrés, lo importante no son los cinturones y las medallas, sino las ganas de mejorar las condiciones de vida a través del deporte.

“Una de las cosas que me han enseñado el estudio de las artes marciales es que el cinturón no importa, importa el proceso que usted lleve. El cinturón, más que llevarse ahí colgado, se lleva en la cabeza, se lleva en el corazón. No sirve de nada que tenga un cinturón negro si usted es pésimo ciudadano, agresivo, nada ejemplar, para eso es mejor tener un millón de cinturones blancos humildes, ejemplares y que le apuestan a la convivencia”, dice el sensei Andrés, quien junto a su colega Elizabeth Cárdenas, encontró en el karate do una valiosa herramienta para ocupar el tiempo libre de los muchachos y de encausar positivamente su energía e inculcar en ellos profundos valores de convivencia.

Y es que ese sentimiento de sencillez y humildad, de servicio a la comunidad, que viene de la filosofía de las artes marciales en su más depurada expresión, es el que ha logrado una transformación en esta institución que hoy se enorgullece de decir que, gracias al karate, ha reducido la agresividad entre los estudiantes y ha mejorado la convivencia. Atrás quedaron las peleas a la salida en el parque de al lado. Aquí los únicos que combaten son los karatecas, y tienen madera. Madera de campeones.

La voluntad de acero de este profesor, la buena recepción de los estudiantes y el apoyo incondicional de las directivas y de la Secretaría de Educación del Distrito, hicieron posible que esta iniciativa pasara de ocupar el tiempo libre de los estudiantes a ser uno de los centros de interés de la Jornada Completa de Bogotá, la política educativa de la capital que ofrece formación integral y educación pública de calidad. Una realidad en los colegios del Distrito.

Con un comando del sensei, los estudiantes se forman en línea, responden el saludo y empiezan a estirar. Todos trabajan concentrados, los grandes ayudan a los más pequeños en sus ejercicios y cada uno sabe lo que tiene que hacer. No hay necesidad de pedir silencio ni orden, todos están aquí por gusto, porque aman el karate y sueñan con ser campeones.

Autocontrol, podios, medallas y convivencia

Tanto estudiantes como padres de familia han aprendido en este trasegar por el camino de las artes marciales y la filosofía oriental, que el karate no es violencia. Todo lo contrario. Esta disciplina deportiva, con el sentido pedagógico que el sensei Andrés le ha inculcado, busca formar seres humanos sensibles y solidarios, que estén en armonía con su cuerpo y con su mente y que trabajen para mejorar su entorno y su colegio.

“Para pelear no se necesita saber karate. Para no pelear sí se necesita saber karate.  Es contradictorio filosóficamente en el karate porque tú te entrenas para no pelear. Entrenas tu cuerpo, tus nudillos, tus rodillas, todo, para no pelear. Porque precisamente el fin último de este arte marcial no es la agresividad, sino todo lo contrario, el autocontrol”, dice el sensei Andrés, un docente de ciencias sociales, con maestría en Estudios Sociales de la Ciencia, que aprovechó su gran afición por este deporte para llamar la atención de los estudiantes.

“El aspecto más profundo del karate es la transformación de las personas. Para nosotros, aquí en el colegio, la apuesta es que el karate sea un vehículo de transformación hacia la ciudadanía, hacia reconocer la diferencia y vivir en la diferencia”, destaca el docente, que dejó colgada la bata de profesor de ciencias sociales para convertirse en el sensei que guía los pasos de los campeones del futuro.

El karate, como destaca el profe Andrés, más que un deporte es un ‘estilo de vida’ que enseña a tener equilibrio en cuerpo y mente, y a resolver los conflictos sin llegar a la confrontación.

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Tal vez es por eso es que han bajado los índices de violencia en esta institución y la convivencia ha mejorado. “A los chicos les gusta mucho el karate porque les da la oportunidad de sacar las tristezas, los problemas, todo eso que tienen adentro. Después del entrenamiento los chicos salen de aquí liberados. Cansados eso sí, pero desestresados”, recalca la profe Elizabeth, otra aficionada de las artes marciales que alterna su quehacer de maestra de química con la actividad deportiva.

Aunque ganar medallas no es el fin último de esta disciplina, “porque las medallas se oxidan y los trofeos se pierden en los trasteos” como dice con sabiduría el sensei, la competencia ha sido uno de los aspectos de esta iniciativa que más ha llamado la atención de los estudiantes.

Viajar a otras ciudades, medir sus habilidades con deportistas de todo el país e intercambiar experiencias y foguearse en torneos de gran envergadura, ha hecho que estas promesas del deporte se ‘encarreten’ aún más con el karate.

En lo que va corrido del año, los karatecas de este colegio han participado en 8 certámenes distritales y dos nacionales, en donde han recogido alrededor de 60 medallas. Ahora van por un sueño más ambicioso: cruzar las fronteras nacionales para mostrar el buen karate que se practica en Bogotá.

Su calendario de competencia es bastante apretado. Fueron invitados para participar en el Open de Karate Do en Venezuela y al Torneo Suramericano de Karate en Goiás, Brasil, en diciembre. El sensei Andrés, que también compite de manera activa, recientemente regresó de Venezuela donde participó en el Open Adidas de Karate en Caracas.

“Gracias a nuestro trabajo, La Federación Internacional de Karate Shotokan, (ISKF por sus siglas en inglés) nos invitó al torneo Suramericano que se llevará a cabo en Brasil. La Secretaría de Educación nos consiguió los tiquetes, y la estadía la gestionamos con los compañeros de la Federación. Falta cubrir algunos gastos, pero queremos ir, vamos a ir”, dice con convicción el sensei Andrés, el responsable de que esta milenaria disciplina oriental hubiera aterrizado en este colegio de Ciudad Bolívar para cambiar la vida de los estudiantes.

Por Nicolás Rodríguez Chaparro

Fotos Julio Barrera


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