Fecha de publicación: Vie, 18/09/2015 - 11:39
ASTRONOMÍA INDÍGENA: UNA CLASE MÍSTICA EN LOS COLEGIOS PÚBLICOS DE BOGOTÁ
Cada niño que nace es una estrella. Así lo entienden 110 estudiantes del colegio Porfirio Barba Jacob, quienes aprenden la ciencia del universo a través de los conocimientos ancestrales que se conservan en el territorio muisca de Bosa. Esta es la Jornada Completa de Bogotá.
Mirar al cielo con otros ojos. Ese es el propósito principal de una particular clase que se desarrolla en un colegio de la localidad de Bosa, en donde los conocimientos ancestrales se estudian con la misma profundidad que cualquier otra asignatura como ciencias o matemáticas.
El sol Sua, la luna Chía y las estrellas, así como otros fenómenos celestes, fueron la base de la sociedad que habitó originalmente los territorios de la localidad séptima de Bogotá. Por eso, la profesora Martha Mariño, del colegio Porfirio Barba Jacob, pensó que para hablar del universo no podía haber mejores maestros que los indígenas muiscas.
Así nació el proyecto ‘Porfinautas’, ahora centro de interés en Astronomía y Territorio que, como parte de la Jornada Completa de Bogotá, permite que niñas y niños disfruten de más tiempos y más aprendizajes en este colegio público de la ciudad.
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110 estudiantes son protagonistas de este extraordinario estudio del universo. Para ellos, cada clase es una experiencia única y un viaje hacia lo ancestral que los lleva a entender los diferentes fenómenos de la vida y la naturaleza que componen la cosmovisión indígena.
Hacia el origen del universo
Es medio día en el colegio Porfirio Barba Jacob. Mientras algunos niños revolotean en los alrededores del colegio a la hora de salida, otros se preparan para continuar aprendiendo en diferentes centros de interés de profundización de aprendizajes en el ser y el saber que ofrece esta institución educativa del barrio Paso Ancho, en donde los estudiantes eligen lo que quieren aprender.
Jhon Orobajo y Cecilia Chiguazuque, el médico y la abuela de la comunidad muisca, reciben a las niñas y niños en una de las aulas del colegio, que ha sido cuidadosamente arreglada para recrear una experiencia de aprendizaje mística: el regreso al vientre de la madre.
El ritual empieza con unas pocas palabras. “Esta es una semilla de los indígenas de Bosa para los estudiantes. Vamos a hacer un viaje para entender lo que representa el origen del universo, en el vientre, en el agua”, explican.
Con los ojos cubiertos, Wendy Vanessa Dájome, una de las estudiantes, transita por el camino que la lleva hacia el momento de su nacimiento, hacia el origen de todo. Hay arena, agua, piedras, diferentes texturas y aromas que los sorprenden a cada paso que dan, lo que la obliga a estar alerta con todos sus sentidos.
“Este es un espacio para escuchar, para sentir y para entregarle todo el peso de nuestro cuerpo a este vientre”, dice uno de los muiscas que guía la actividad a los estudiantes, quienes siguen con un profundo respeto cada una de las instrucciones recibidas.
Para los habitantes ancestrales de Bosa, el origen de la vida se encuentra en el agua. Es un elemento sagrado de su cultura y el centro de su cosmogonía. Por eso, con los sonidos de un palo de agua de fondo, cantan como parte del ritual: “agua, vientre, laguna sagrada. Mensaje de amor que nos das la vida”.
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Según la tradición de esta comunidad, la laguna de Iguaque es la representación simbólica de la madre. El agua es el vientre, de donde emerge la vida, lo que significa ni más ni menos que el origen mismo de la humanidad.
“Antes del principio del mundo, cuando solo existían la oscuridad y la noche, estaba sola la madre abuela llamada por nosotros Bachué. Ella era el pensamiento, la imaginación y la fuerza de todo lo que iba a venir. Era el agua del vientre de la laguna: no el agua que conocemos, sino el espíritu de esta”, dice Orobajo, al ritmo de una dulzaina que acompaña los cánticos y que pronto lleva a todos los participantes a un profundo estado de reflexión y relajación.
Bosa, un tejido vivo
John Orobajo, médico de la comunidad muisca, señala que la importancia de este espacio está en descolonizar los conocimientos en la escuela. “Entendemos que la educación es el medio para transmitir nuestros saberes, por eso guiamos a los estudiantes a través de las raíces de la comunidad”, dice.
Gracias a experiencias como esta, la astronomía indígena ahora es parte del currículo en este colegio público de Bogotá. Pero además, los estudiantes han entendido que su localidad es un aula viva, donde hay cientos de cosas y de personas de las cuales aprender, no solamente de una de las más antiguas ciencias de la humanidad, sino de la vida en general.
Niñas y niños son los mayores defensores de este mensaje, como lo muestran las palabras de Wendy Vanessa, quien asegura que “mientras en una clase normal todo es leer y escribir, acá todo es una vivencia, experimentar y disfrutar de lo que podemos encontrar en nuestros alrededores”.
A diferencia de otros colegios distritales, en esta institución no tienen observatorio ni telescopios pero cuentan con el privilegio de darle otro significado a los conocimientos sobre los cuerpos celestes y el origen del universo.
“El centro de interés de astronomía, con esta visión, desarrolla algo que está muy cerca de nosotros pero que normalmente desconocemos: los conocimientos de las comunidades indígenas del territorio. Es una oportunidad para retornar a las raíces”, señala el rector de la institución, Carlos Ramírez.
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En eso concuerda la joven estudiante al explicar otras actividades que han realizado como parte de este trabajo, como visitas a la Casa del Fuego y el Amor muisca y ciclo-paseos por las veredas donde actualmente habita la comunidad.
“Además, analizamos otros pensamientos de los indígenas, como que el universo es un tejido, lo que estudiamos través de la elaboración de pulseras y mochilas, en las que se plasman los diferentes elementos”, explica Wendy.
Cada encuentro con la comunidad es una experiencia única, un viaje hacia lo ancestral y una ocasión para reencontrarse con el territorio de Bosa, lo que contribuye a consolidar la apuesta de la actual Administración que busca que los estudiantes reciban una formación integral y sean ciudadanos que se relacionen activa y armónicamente con su entorno.
Y al indagar por las lecciones aprendidas, muchos recuerdan un importante legado. “Mi corazón es una estrella y soy hijo de la tierra”, aseguran, citando a los indígenas muiscas, con la responsabilidad y el compromiso de respetar a la naturaleza así como a cada ser humano.
Con experiencias como esta, la educación pública le abre las puertas a los conocimientos ancestrales, formando niñas, niños y jóvenes que respetan la diversidad y reconocen las particularidades propias de cada territorio. Un gran avance para la consolidación de una Bogotá más incluyente e intercultural.
Por Diana Corzo
Fotos Julio Barrera
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