Fecha de publicación: Vie, 20/11/2015 - 16:20

¿QUÉ ES EL AMOR? EL OSO ORLANDO Y EL SEÑOR CHANCHO SE LO ENSEÑAN

Dos maestras encontraron en estos cariñosos personajes la mejor manera de enseñarles a los más pequeños de sus colegios la importancia del afecto. Bogotá educa para ser feliz creciendo feliz.

Aunque Patricia Ortega y Claudia Tilaguy nunca se han visto y trabajan en puntos equidistantes de la ciudad, tienen una cosa muy especial en común: su amor por los más pequeños.

Ambas son docentes de primera infancia, una en la localidad de Chapinero y otra en San Cristóbal. Las realidades que las rodean, así como esta Bogotá llena de contrastes, son dispares, pero durante los últimos años han encontrado más puntos en común gracias al proyecto de Educación Inicial de la educación pública de Bogotá. Una apuesta que les abrió las puertas de los colegios públicos de la capital a niñas y niños de 3, 4, y 5 años para que empezaran a descubrir el mundo en prejardín, jardín y transición con educación pública de excelencia.

‘Pintando y despintando pensamientos y emociones’ y ‘Aprendo para ser feliz’, son los nombres de los proyectos que Patricia y Claudia lideran, respectivamente, en sus instituciones educativas, y que han convertido los primeros años escolares de sus estudiantes en una verdadera aventura donde el juego y el afecto han sido sus principales herramientas.

Dos historias que resumen las de que 85.763 niñas y niños de toda Bogotá que actualmente aprenden y experimentan en las aulas para la primera infancia del Distrito. Bienvenidos al gran mundo de los más pequeños.

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Orlando, el oso que enseña con amor

En el colorido salón del colegio Simón Rodríguez de la localidad de Chapinero, 35 pequeños revolotean por todo el lugar. Están emocionados porque Orlando, su mejor amigo, está cumpliendo años.

Como toda gran celebración, las bombas, el ponqué y los regalos llegaron temprano y en grandes cantidades. Todo está listo, solo falta el homenajeado. “Profe, ¿podemos traer ya a Orlando?”, pregunta Marlon a Patricia Ortega, su docente.

“Claro que sí”, dice la maestra y Marlon brinca como resorte de su silla y se dirige a la esquina del salón donde un oso achocolatado y felpudo aguarda pacientemente. Marlon, toma con cariño al peluche y lo lleva al centro de la fiesta. “¡Feliz Cumpleaños, Orlando!”, dicen emocionados los pequeños, y así se da por iniciado el agasajo número cinco del personaje más querido de los estudiantes de transición del Simón Rodríguez.

Los regalos para Orlando incluyen un carro de cartón para que salga a pasear, unas boletas para ir cine y hasta unas galletitas para que coma antes de ir a dormir. Luego de cantar el cumpleaños, comer ponqué y entregarle los regalos a Orlando, Patricia invita a todos a volver a sus asientos.

“Ahora Marlon y Orlando nos van a contar cómo les fue este fin de semana”, dice la profesora Patricia. Marlon, el más alto del salón, nuevamente salta como resorte de su silla y comenta “Estamos felices porque mi mamá me abrazó”.

  • “¡Muy bien, Marlon! ¿Y eso por qué nos hace felices?”, interpela la profesora.
  • “Porque debemos tratarnos con amor”, responden los niños al unísono.

Meses atrás, Marlon era uno de los niños más conflictivos del salón. “En ese caso, la mamá era muy reacia a aceptar que el niño tenía dificultades en su comportamiento – explica la profesora Patricia -. Entonces, como los niños se turnan para llevarse los fines de semana a Orlando o a los otros miembros de esta familia peluda a sus casas, empecé a enviarlo varias veces a la de él para que Orlando me contara cómo era la vida en ese hogar. Así me fui acercando a la mamá y le fui explicando que su hijo quería recibir cariño, tal como lo recibía Orlando de su mamá Angelita, su papá Isaac y su hermano Óscar”.

Gracias a este ejercicio hecho con imaginación y pedagogía, esta profesora con más de 30 años de experiencia en la docencia, logró disminuir la agresividad y apatía que existían entre sus estudiantes, pues como ella misma lo señala, un niño siempre se va a expresar mejor a través del juego.

Es así como desde 2012, la profe Melba Patricia, les ha enseñado a sus estudiantes a ‘pintar’ lo que sienten para luego ayudarlos a ‘despintar’ de su ser, emociones y sentimientos negativos, utilizando como aliados a su ‘familia de felpudos’ y a los cuatro pilares fundamentales de la enseñanza para los más pequeños en la educación pública de Bogotá: el juego, el arte, la literatura y la exploración del medio.

Como lo señala Adriana Elizabeth González, directora de Educación Preescolar y Básica de la Secretaría de Educación del Distrito, la educación inicial es la que mayor impacto tiene en los seres humanos y es por ese motivo que esta administración, con una inversión histórica de $188 mil millones de pesos, apostó por hacer de los colegios públicos espacios de aprendizaje abiertos y espontáneos que permitan el libre desarrollo del ser y el saber de las niñas y los niños de la primera infancia.

“Con estos cuatro pilares y a través de distintas estrategias, didácticas y pedagógicas, buscamos que las niñas y los niños aprendan a conocer el mundo de una manera distinta, que se acerquen a él desde sus símbolos, desde el arte, desde la exploración del medio y desde la literatura que les garantiza recibir aprendizajes integrales de excelencia y de calidad”, comenta González.

Por este motivo, en el salón de transición del colegio Simón Rodríguez todos los días se vive una nueva aventura. Unos días bailan otros pintan y algunos otros escriben o leen poemas para Orlando, Angelita, Isaac y Óscar, los osos más queridos de Chapinero.

“La lúdica les permite a los niños estabilizar sus emociones, por eso todo el tiempo estamos jugando. Pero no se trata de que jueguen porque sí, todo lo contrario: se trata de que exista un juego con sentido que sea significativo para el niño porque solo de esta manera es posible que se logre un aprendizaje real y duradero”, asegura Melba Patricia.

Melba Patricia coincide con Claudia Patricia Tilaguy quien, al sur de Bogotá, más exactamente en el colegio Montebello de la localidad de San Cristóbal, explora a través del juego las habilidades orales, corporales y escritas de las niñas y niños de el grado jardín

La magia del cuento para ‘leer’ almas

En la zona verde del colegio Montebello, 20 pequeñitos que no superan los cinco años, se mueven de un lugar a otro ataviados con melenas de leones y colas de elefantes. Aunque muchos solo llevan una sencilla bufanda amarrada a su cintura, ellos se sienten como todos unos actores profesionales, que en ese justo instante están dramatizando el cuento del señor Chancho.

“Es que un día el señor Chancho sale a visitar a su novia y sus amigos, que son la cebra, el león y el zorro le dicen que tiene que ponerse rayas blancas y negras, una melena y una cola peludita, así como las de ellos para que su novia lo quiera más. Entonces, don Chancho les hace caso, pero cuando llega a donde su novia ella se espanta, le quita las rayas, la melena y la cola, y le dice que ella lo quiere así como es porque uno debe quererse así como es uno”, explica Carol, una niña de mirada dulce y sonrisa infinita.

“Yo soy don Chancho porque soy la más gordita”, agrega la pequeña emocionada y sale corriendo al escenario principal para empezar la obra que su compañerito Samuel, va contando paso a paso.

Y es así como entre cuentos y mucha imaginación, este grupo de estudiantes y su maestra pasan los días jugando y descubriendo el mundo que los rodea a través del lenguaje oral, corporal y escrito gracias al proyecto ‘Aprendo para ser feliz’.

“Esta idea nació por la intención de hacer más fácil el acostumbrarse a estar en el colegio a estos pequeñines, para quienes es muy duro aprender a estar lejos de sus papás con una señora a la que le llaman profesora”, explica la maestra Claudia, quien a través de imágenes y sonidos ha ido sembrando en sus estudiantes curiosidad por la lectura, una habilidad que sin duda alguna el día de mañana los convertirá en estudiantes ávidos de conocimiento.

Pero en este proceso de invitarlos a maravillarse con el mundo del conocimiento, no solo sus estudiantes han aprendido. Su profe Claudia también se ha llevado valiosos aprendizajes para la vida.

“Muchos de estos niños viven en familias fragmentadas y, por eso, son pequeños con mucha necesidad de afecto, por eso yo no dudo en darles toneladas de cariño porque ellos me lo devuelven por partida doble. A veces algunos me preguntan si se pueden quedar conmigo el fin de semana y eso son cosas que inevitablemente parten el corazón en dos, pero que a mí me motivan a seguir dando lo mejor de mi porque ellos merecen tener la oportunidad de guardar los mejores recuerdos de su infancia”, dice Claudia.

Lo mismo opina la profe Melba Patricia, que se declara una completa enamorada de sus chiquitines. “Cuando uno decide ser maestra de primera infancia no es porque tenga paciencia de sobra sino porque en realidad ama lo que hace. Estos niños tienen el don de hacerle olvidar a uno todos los problemas con gestos tan sencillos como un abrazo, un beso o una sonrisa, y es por eso que todos los días tengo afán de inventarme algo nuevo para ellos”, señala la maestra.

Como estas dos docentes, actualmente 1.387 maestras y maestros profesionales y auxiliares pedagógicos trabajan en los colegios oficiales, convencidos de que la educación pública de calidad es una realidad en Bogotá.

Por Paula Andrea Fuentes

Fotos Julio Barrera


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