Fecha de publicación: Mié, 17/02/2016 - 16:57
EL TEATRO ESCOLAR DE SAN CRISTÓBAL QUE SANA LAS HERIDAS DE LA GUERRA
Al suroriente de la capital, un maestro y sus estudiantes gestaron un colectivo artístico que pone el dolor del conflicto armado sobre las tablas. Una reflexión poderosa donde también son protagonistas el barrio y sus vecinos. Esta es la historia de Terrantes, el grupo que teje paz con teatro en San Cristóbal.
En medio de la oscuridad que se apodera de un pequeño teatrino construido con rústicas vigas de madera, emerge la voz potente de Nicolasa, una mujer de recio carácter que, junto a Kendo y Eduardo, conforman el elenco de ‘Por algo sería’. Una pieza teatral interpretada por estudiantes que aborda la situación de la población civil en el escenario de la confrontación armada.
“Luchemos del mismo lado, no matándonos entre nosotros”, dice Nicolasa minutos antes de que su inesperada muerte le dé punto final a la obra, y los aplausos del público invadan el lugar.
Las luces se encienden y Nicolasa, Kendo y Eduardo ya se han ido. Ahora, frente a la audiencia que no para de aplaudir, se encuentran Cindy Acevedo, Julio Doncel y Miguel Ángel Basco, los tres jóvenes actores que, junto a 22 compañeros más y el profesor Fernell Verjel, conforman Terrantes.
Un colectivo cultural que nació en las entrañas del colegio Altamira Sur Oriental de la localidad de San Cristóbal, para traspasar las paredes de la escuela, instalarse en el corazón de su barrio y, desde ahí, empezar a imaginarse un mundo mejor a través del poder de arte.
La casa mágica que sana heridas
Terrantes significa ‘tierra de errantes’ “porque Colombia es un país de gente sin tierra”, dice el profesor Fernell quien, como miles de colombianos, padeció en carne propia los rigores del conflicto armado. Huyendo de la cruenta violencia que se tomó su departamento, Norte de Santander, el docente llegó a Bogotá para comenzar de cero.
Un nuevo capítulo en su vida que lo trajo a esta zona del suroriente de la capital, considerada por muchos conflictiva y peligrosa, en donde ser víctima de la violencia no es una bandera. Es más bien la oportunidad de reflexionar, de darle un nuevo sentido a su actividad docente para sanar las heridas del pasado. Las suyas y de paso las de sus estudiantes, sus vecinos. Su barrio.
Porque en él encontró más de lo que esperaba: no solo una forma diferente de leer el conflicto, sino también una forma más de ser papá. “Yo no puedo ver a estos niños como otra cosa que no sean mis hijos, es que el mundo debería ser una gran guardería para cuidarlos de tanto mal, en especial a las niñas, es impresionante ver la violencia que existe contra la mujer”, dice el profe.
En su labor docente y comunitaria, el profe Verjel evidenció la necesidad de empezar a construir la paz y la sociedad del postconflicto desde la escuela, una tarea inaplazable que requiere de la participación de todos los actores de la comunidad.
“La violencia se lee diferente desde el lugar que se encuentre, pero siempre se trata de lo mismo, de exclusión, de resentimiento, de intolerancia. Si observamos las estadísticas la mayoría de los muertos se registran fuera del campo de batalla, por lo que esas problemáticas deben afrontarse desde nuestra escuela, nuestro barrio, nuestra cotidianidad, de otra manera las heridas nunca sanarán”, recalca.
Se abre el telón de los errantes
A unas cinco cuadras del colegio Altamira Sur Oriental, que toma su nombre del barrio donde se encuentra ubicado, hay una casa levantada desde los cimientos ‘a punta de amor’, mucho amor.

“Cuando llegué a trabajar al colegio me di cuenta que nunca iba a lograr identificarme con la comunidad si no vivía aquí, entonces decidí no solo ser el profesor del barrio sino ser miembro de la comunidad”, señala el profe Fernell Verjel, mientras abre un portón de madera que da paso al interior de la casa que además de ser su vivienda se ha ido convirtiendo en la ‘Casa de Cultura’ del sector.
Con los ahorros que pudo juntar luego de salir de su natal Norte de Santander por cuestiones de seguridad, el profe Fernell adquirió la casa lote que sin pensarlo se convirtió en la sede de Terrantes.
“Empezamos con los talleres de teatro por las tardes en el colegio, pero poco a poco los chicos quisieron tener más tiempo y espacio para explorar esta aventura que empezamos a construir, y fue así como esta casa se convirtió en la sede de Terrantes”, asegura este hombre de mirada paternal.
Para los colegas del profesor Fernell, fue difícil entender su decisión de vivir en el barrio, pero para él era claro: si quería comprender y aportar a la comunidad y a sus estudiantes, debía convivir con ellos.
Y fue así como ese lote con una casa vieja y desbaratada, se llenó de color y se transformó en el epicentro de la movida cultural y artística del barrio. Allí se construyó el teatrino para las presentaciones teatrales y se habilitó el espacio para dictar talleres de lectura, de teatro, de danza, de taekwondo, y otros saberes para los estudiantes del colegio y los miembros de la comunidad a quienes reciben sin distinción y con los ‘brazos abiertos’.
“Es como una casa de la cultura, algo que años atrás sería imposible pensar que existiera en este sector de la ciudad donde hay problemas de pandillas, droga y violencia. Ha sido un ejercicio gratificante y un ejemplo de lo que puede lograr la escuela cuando traspasa sus fronteras”, dice el profe Fernell.
En estos más de tres años de trabajo, Terrantes, se ha convertido en una gran familia donde todos colaboran y participan. Tal es el caso de Julio Doncel, el encargado de darle vida a Kendo, un personaje de tendencias ultraderechistas y conservadoras que encarna la intransigencia en la obra ‘Por algo sería’.
“Llegué a Terrantes gracias al profesor Fernell. Al principio no sabía qué esperar, pero me apasioné por todo lo que aquí sucede. Aquí tienes la posibilidad de explorar, de pensar, de crear, de ser. Es un proceso mutuo y constante de aprendizaje que nos ha hecho crecer dentro y fuera del colegio”, dice este joven de 23 años, exalumno de la institución que encontró en las artes escénicas su pasión y su vocación.
Además de abordar temas neurálgicos como el conflicto social, la desigualdad y la marginalidad, lo que se aprende en ‘Terrantes’ les ha servido a muchos de sus integrantes para encontrar una vocación, un camino y una forma de contribuir a la construcción de una sociedad mejor desde la individualidad.
“Yo entré al grupo siendo una novata en todo el tema, no sabía hablar ni moverme ni nada. Nunca me imaginé que pudiera encontrar en el teatro una posibilidad de vida, pero ahora lo veo como una vocación que me permite trabajar con la gente, y ayudar a la comunidad desde mis posibilidades”, dice Cindy, quien le da vida a Nicolasa, el personaje neutral de la obra que se encuentra sometida a los poderes de izquierda y derecha y que representa al pueblo que sufre y llora al quedar en medio del fuego cruzado.
Como Cindy y Julio, son varias las historias de alumnos y exalumnos del colegio Altamira Sur Oriental, que han encontrado en Terrantes una forma diferente de ver la vida, hecho que llena de satisfacción al profesor Fernell y que lo convence de la importancia de apostarle a nuevas opciones de aprendizaje.
“Abrir espacios como estos, además de alejar a los jóvenes de los problemas que pueden encontrar en la calle, les muestra otras alternativas de vida, les permite dejar de vivir en la inmediatez y empezar a mirar hacia el horizonte para construirse la vida que sueñan”, comenta este docente que solo espera que la luz que encendió en ‘Terrantes’ continúe con o sin él.
Un barrio que palpita por la paz
En este colectivo artístico, una meta es clara: construir tejido social y resignificar los conceptos de escuela, barrio y sociedad, demostrando que sí es posible encontrar salidas diferentes a las situaciones de conflicto que diariamente deben afrontar los jóvenes.
Pero más que un grupo de teatro, Terrantes es un pretexto para hablar del conflicto, de la intolerancia y la violencia. Un escenario para dotar de una perspectiva diferente a los problemas cotidianos, y una actividad física y emocional que tiene la maravillosa capacidad de permitir a las personas ‘ponerse en los zapatos del otro’. Un ejercicio para reconocer la diferencia.

“Yo nunca había hecho teatro, soy una novata en este cuento, pero me ha ayudado mucho, no solo a descubrirme a mí misma, sino también a descubrir una realidad que desconocía. Ha sido duro, pero gratificante”, dice Cindy Acevedo, la jovencita de 17 años que, allá en ese modesto pero mágico escenario, se ve gigante, brilla, pues igual que todos sus compañeros, sabe que puede alcanzar lo que desee y construir el futuro con el que sueña.
En ese camino de cambiar la perspectiva y tomar parte activa en el proceso de transformar la sociedad desde la cotidianidad, en el colectivo Terrantes se dieron cuenta de que un punto clave en este proceso era la resignificación del territorio y el sentido de pertenencia de los muchachos con la escuela y el barrio.
Por medio de los talleres, el arte y el teatro, los mismos jóvenes comprendieron que las cosas buenas de su barrio superan a las malas y que hay muchas razones para sentirse orgullosos de ser habitantes de Altamira Sur Oriental y de la localidad de San Cristóbal.
“Durante muchos años viví con la idea de salir de esta localidad, me daba pena vivir en este barrio, pero en este proceso con Terrantes entendí que este es mi barrio, el que me dio una casa, unos amigos, que me ha dado muchas cosas y por eso debo contribuir y trabajar por esta comunidad para que mejorar entre todo”, dice Julio, quien ahora replica sus conocimientos con los más pequeños.
El balance de esta experiencia artística y social en estos años de funcionamiento ha sido más que positiva. En este camino enriquecedor de aprendizaje recíproco entre estudiantes y comunidad quedó claro que la escuela debe abrir sus puertas y vincularse de lleno a los procesos sociales. Los estudiantes son los líderes de esta iniciativa que crece y se multiplica.
“Terrantes ha germinado en los corazones de los estudiantes y ha tomado vida propia”, concluye Fernell, el profe que hizo de esta ‘tierra de errantes’ un laboratorio de paz donde desde el arte se sanan heridas y se construye el sueño de construir una sociedad y un país con un poquito más de amor.
Por Paula Fuentes
Fotos Juan Pablo Duarte
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