Fecha de publicación: Jue, 30/06/2016 - 15:28

CUANDO CONSTRUIR PAZ EN LA ESCUELA ES UN ‘JUEGO DE NIÑOS’

En el colegio Bernardo Jaramillo de Tunjuelito, una maestra convirtió los títeres, la danza y los juegos de mesa en poderosas ‘armas’ para luchar contra la ira, la violencia y los conflictos. En Bogotá #EducamosParaLaPaz.

En esta institución del sur de la ciudad, situada en el corazón de El Tunal, los juegos y la lúdica son los principales mecanismos que tienen los estudiantes para resolver las diferencias y limar las asperezas que produce la cotidianidad.

El proyecto trasversal de convivencia ‘Talleres y juegos para disminuir la violencia y mejorar la convivencia’, diseñado por la orientadora de la institución, Edith Ramírez, y apoyado por docentes y directivos que se dejaron contagiar por su entusiasmo, busca promover en los estudiantes de primaria nuevas formas de comunicación, nuevos mecanismos de resolución de conflictos para que sus relaciones interpersonales sean más positivas y enriquecedoras.

Para lograr esto, la orientadora le dio un viraje al enfoque tradicional de trabajo con niños y adolescentes e implementó una estrategia llamativa y diferente donde el juego, la lúdica y la recreación son ‘herramientas pedagógicas’ para promover entre los estudiantes en formación valores como el respeto, la tolerancia, la diversidad y el trabajo en equipo.

Y fue así como las clases de ética y valores y de dirección de grupo del colegio Bernardo Jaramillo cobraron vida y color y se llenaron de títeres que ayudan en el manejo de la ira, de cuentos y fábulas para exteriorizar los problemas personales y de un juego de mesa que trabaja los valores y la sana convivencia.

Las ‘frías’ e impersonales guías para manejar la agresividad y aliviar la tensión se reemplazaron con musicoterapia, cromoterapia y biodanza y las aburridas charlas frente al tablero se cambiaron por teatro, arte, risas y juegos.

“Como son niños pequeños yo desde el inicio tuve muy claro que debía implementar actividades y estrategias llamativas y atractivas. Y ¿qué es lo que les gusta a las niñas y niños? Pues el juego, la recreación, correr, moverse, explorar y divertirse. Entonces a partir de ahí se diseñó la estrategia y empezamos un trabajo lúdico – recreativo con énfasis en valores”, comenta la profe Edith con un entusiasmo que contagia.

Aunque la esencia del proyecto son los cuentos, los juegos y las sonrisas, la iniciativa cuenta con un grueso sustento pedagógico que se ha venido afinando y enriqueciendo con el trabajo de investigación, sistematización de resultados y gestión con otras entidades que realiza la orientadora.

Desde su creación, ‘Talleres y juegos para disminuir la violencia y mejorar la convivencia’ ha contado con el apoyo, acompañamiento y asesoría del Instituto para la Investigación Educativa y el Desarrollo Pedagógico (IDEP), la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI) y el Centro de Investigación Educativa de la Fundación Convivencia.

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Y todo comenzó con un conejo y un oso

Los inicios del proyecto se remontan al año 2003, cuando la orientadora hizo un diagnóstico del clima de convivencia de la institución y encontró que los niveles de agresividad en los chicos alcanzaban picos preocupantes.

“En ese diagnóstico nos encontramos con una población difícil, unos niños marcados por la violencia intrafamiliar, el abuso físico y sexual, el 

abandono, el maltrato. Ellos padecían todo esto en sus casas y venían al colegio a exteriorizarlo, por eso en los descansos sus juegos y dinámicas eran muy agresivas y se presentaban toda clase de problemas y de peleas. Ahí ubiqué el punto de partida del proyecto, porque si a ellos lo que les gusta es jugar, entonces vamos a jugar, y a través del juego vamos a aprender a lidiar con los conflictos, pero sin violencia”, recuerda la orientadora.

Fue así como los primeros aliados de la maestra en su cruzada contra la agresividad fueron un oso y un conejo. “Como eran niños pequeños empecé el trabajo con títeres para el manejo de la ira y la autorregulación emocional. Ahí fue cuando nació el cuento del Oso y el Conejo. Con el cuento trabajamos las cuatro emociones básicas: la ira, el miedo, la alegría y la tristeza. El conejo se planteó como un personaje agresivo y conflictivo y el juego consistía a ayudarle a mejorar su comportamiento. A través de estos personajes de fábula, los niños identifican sus comportamientos y exteriorizan emociones y sentamientos que de pronto no se sienten cómodos en su vida diaria, todo eso lo extrapolan en los animales”, apunta la orientadora.

Luego de los títeres vino la música y la danza, aficiones personales de la orientadora que se articularon armoniosamente con su trabajo de atención psicológica y pedagógica con los estudiantes. Con la musicoterapia y la biodanza la orientadora empezó a trabajar el manejo de la tensión física y emocional de los niños y jóvenes y se convirtió en una herramienta para que los estudiantes exploren sus emociones, sus sentimientos y los exterioricen de una manera creativa.

“La musicoterapia nació en el siglo XX, en Europa, en el trabajo que se hacía con los soldados hospitalizados de la Segunda Guerra Mundial y no es tan ‘alternativa’ como pensamos porque hay un sinnúmero de estudios que avalan estas técnicas y sus resultados. Con la música y la danza promovemos la comunicación, la expresión, el movimiento, el aprendizaje y con esto logramos satisfacer necesidades físicas, emocionales, mentales y sociales”, recalca Edith, quien a lo largo de su carrera ha estudiado los beneficios del teatro, la música, la cromoterapia y cuanta terapia alternativa ha encontrado en sus pacientes y estudiantes.

A los títeres, la música y la danza se le unieron los juegos de mesa. La docente, con ayuda de sus estudiantes, diseñó un tablero interactivo donde, usando fichas y dados, los niños van avanzado en las casillas donde se promueve un valor, una buena actitud o una enseñanza. Ya han diseñado seis tableros donde trabajan temas como el hostigamiento, la autoestima, entre otros.

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Un poco de juego, un poco de baile, un gran respiro para la vida

Jhan Peel Gómez, de quinto grado, se define a sí mismo como un “mal geniado rehabilitado por el poder sanador de la música”. Según Jhan Peel, gracias a la tranquilidad de las melodías, a las dulces tonadas musicales y al acompañamiento de la orientadora Edith, pasó de ser un estudiante con bajo rendimiento académico y serios problemas de conducta, a ser una persona más tranquila y sosegada que vive en armonía con sus compañeros y con su propia existencia.

“La música me hace sentir muy bien. Los sonidos de la naturaleza, del agua, me transmiten mucha tranquilidad. Con la profe Edith, siempre que tenemos sesión, nos quitamos los zapatos y cerramos los ojos. Respiramos profundo y nos imaginamos que estamos en el paraíso, en un lugar donde todo es hermoso y tranquilo”, dice Jhan Peel.

Esa tranquilidad, esa paz interior que este niño alcanza en la musicoterapia, se extiende a otros aspectos de su vida y, según él, esto le ha cambiado su forma de ver las cosas y de relacionarse con los demás. “La profe siempre nos pone a trabajar con ese compañerito con el que de pronto no nos llevamos muy bien. Mientras uno toca el tambor, el otro le sigue el ritmo con el cuerpo y así vamos mejorando la comunicación y nos entendemos mejor. Gracias a eso ahora, cuando un compañero tiene un problema conmigo, yo le digo que me cuente qué es lo que pasa y lo hablamos”, remata.

Ese cambio que experimentó Jhan Peel en su interior y que se fue exteriorizando poco a poco, también se ha empezado a sentir en la institución, en el clima de convivencia, en la relación de alumnos y maestros, en los juegos infantiles, en el patio de descanso. Nelly Medellín, rectora del plantel, no ahorra elogios a la hora de destacar los resultados obtenidos por la iniciativa de la orientadora Ramírez.

“Estas actividades tienen un impacto muy grande en los estudiantes porque les genera cierta calma, cierta tranquilidad. La profe ha focalizado también el trabajo con esos estudiantes considerados ‘problemáticos’ para manejarles la ira, la agresividad, la adrenalina que tienen a esa edad. Y no han sido solo los estudiantes, también los otros maestros, los administrativos, los padres de familia que se meten en esta dinámica porque ve que se van generando situaciones de convivencia sana”, afirma la rectora.

“Realmente se ve una diferencia en la convivencia porque la relación maestro – estudiante ha cambiado. Los profesores que llegan no se quieren ir, el comportamiento de los alumnos cuando vamos a un concierto, un evento por fuera, es alabado por la gente externa. Estas actividades, estas pequeñas cosas que se hacen, van generando ese sentido de convivencia y de pertenencia en la institución”, remata.

Porque una ciudad educadora es una Bogotá mejor para todos.

Por Nicolás Rodríguez

Fotos Juan Pablo Duarte


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