Fecha de publicación: Lun, 08/08/2016 - 18:45

COLEGIO AGUSTÍN NIETO CABALLERO PRESENTA EL PRIMER CORO EMBERÁ KATÍO DE BOGOTÁ

20 pequeños desplazados del Chocó iluminan con sus voces las aulas de esta institución de la localidad Los Mártires. Una historia única en la ciudad con la que celebramos el Día Internacional de los Pueblos Indígenas, dedicado este año al derecho a la educación.

No hay música sin armonía. Eso lo tienen perfectamente claro los profesores de música del colegio Agustín Nieto Caballero, quienes encontraron en las niñas y niños de la comunidad indígena emberá katío un singular talento para el canto y para la interpretación de instrumentos. 

Por eso, la música se convirtió en una herramienta de inclusión de doble vía en esta institución de la localidad Los Mártires, pionera y referente en el ámbito distrital en atención escolar a poblaciones diversas, vulnerables o en condición de discapacidad. Mientras los niños de este pueblo indígena se integran a la vida cotidiana del colegio, sus compañeros y maestros conocen un poco más de esta cultura ancestral ejemplo de armonía y convivencia.

“Es que los emberá son uno. Tú ves a los niños corriendo por acá, a los padres y a los ancianos: ellos son muchos, pero se consideran uno solo. Esa unidad que mantienen las comunidades indígenas les permite vivir en paz, en armonía y con tranquilidad, porque ellos viven en conexión con el universo, con el todo”, explica la profesora Nelly Mosquera quien, durante los últimos 6 años, ha trabajado con los niños indígenas que llegan al Agustín Nieto Caballero y quien ha seguido muy de cerca el proceso que adelantan los profesores de la Orquesta Filarmónica de Bogotá con 20 niñas y niños de la comunidad emberá katío.

Nelly agrega que todos están conectados y en armonía, y la armonía es la base de la música, quizá por eso tienen un talento innato para practicarla. “Los indígenas, así como los músicos, entienden de ritmo y sincronía pues desde tiempos inmemoriales han vivido en sintonía con el universo, escuchando sus sonidos y silencios e interpretando su ritmo y melodía, tal como ocurre en la música”, asegura con una sonrisa la maestra.

Fue por este motivo y con el objetivo de aprovechar la afinación innata, el agudo sentido del ritmo y de la melodía, y la dulzura y la tesitura de las voces de los niños de este pueblo indígena, por la que los maestros de canto y música se le midieron al reto de formar el primer coro emberá de la educación pública de Bogotá.

Un experimento único en su tipo con el que se busca no solo fomentar el talento, sino fortalecer los procesos de inclusión de los pequeños de esta etnia con los otros miembros de la comunidad a través de la música.

Sepa más: Los Mártires, pionera en atención educativa desde la diversidad

De las selvas del Chocó, a la ‘selva de cemento’

H

Uno de los primeros retos que debieron asumir los maestros formadores de la Orquesta Filarmónica de Bogotá que trabajan con la institución, Carlos Sánchez y Nelson Ortiz, fue encontrar la forma de lograr la atención y concentración de los cerca de 20 niñas y niños emberá katío que, en marzo de este año, llegaron de las selvas del Chocó a los corredores y salones del Agustín Nieto Caballero.

Para ninguna de las partes fue fácil adaptarse a este proceso, en especial para estos pequeños que afrontaban grandes retos: comunicarse, pues no dominaban el español, y acostumbrarse a las rutinas de la vida escolar que incluyen estar en un salón de clase, hecho que para ellos resultaba complejo, pues hasta hace unos pocos meses aprendían a través de cuentos e historias a la sombra de un árbol o a la orilla del río.

A pesar de las barreras de idioma e idiosincrasia que los separaban, Carlos y Nelson no se dieron por vencidos, y buscaron sin descanso estrategias que los ayudaran a ‘romper el hielo’ con estos niños, que llamaran su atención y que les permitieran establecer una comunicación asertiva y eficaz con ellos. Y fue precisamente la música, la musa que les ayudó a entablar puentes entre sus mundos.

“En la primera clase que tuvimos con ellos nos encontramos con una sorpresa muy agradable, algo muy bonito que fue darnos cuenta que los niños emberá tienen una afinación total. De entrada, todos afinan. No había ninguno que desafinara. Eso nos llamó muchísimo la atención, entonces lo que habíamos pensado que fuera una clase con guitarra la cambiamos por un coro para aprovechar ese talento innato que nos llegó. Más adelante, cuando comenzamos el trabajo descubrimos que son súper aptos con la música”, comenta emocionado el profe Carlos.

Antes que pentagramas, teorías musicales y técnica vocal, los docentes, en un principio, se enfocaron en llamar la atención de los niños de la comunidad y ganarse su confianza para poderles enseñar nuestra ‘música mestiza’.

“La profe Nelly nos sugirió que habláramos muy lento. Con palabras demasiado básicas, sencillas, nada elaborado. Y así funciona: cuando uno dice una palabra diferente ellos se bloquean y se desconectan. Yo he llegado con muchas actividades llamativas, de sorpresa y se conectan inmediatamente. Por ejemplo, el otro día llegué con la mano cerrada y cuando ellos la vieron se desconectaron inmediatamente de lo que estaban haciendo porque querían saber qué era lo que tenía en mi mano. Es por eso que si uno llega a dictar una clase tradicional es muy difícil, les cuesta mucho el silencio y la disciplina”, comenta el docente.

La confianza y afectividad, según comenta el profesor Nelson Ortiz, están directamente relacionas con la música para este pueblo de las selvas chocoanas. Para él, esta experiencia ha sido uno de los retos profesionales más grandes que ha tenido en su carrera, porque no solo ha enseñado, sino que ha aprendido mucho de estos niños guardianes de una tradición milenaria.

“En lo que hemos podido aprender, los emberá tienen unos patrones melódicos definidos. Su música está llena de melodías alegres y de ritmos rápidos, como para bailar”, dice este docente de canto y guitarra que a punta de afecto y lúdica ha sabido ganarse el corazón de estos niños.

Y agrega que con el coro buscan “rescatar toda esa riqueza musical y mostrarles que hay otras formas diferentes de hacer música. De alguna manera integrar su cultura a nuestra música. Como lo que hicimos con la canción de la ‘Cabrita Blanca’, que la tradujimos a emberá y le metimos melodías de los indígenas y nos quedó la ‘Cabrita Chitor’. Lo que buscamos es que nosotros aprendamos un poco de ellos, y ellos un poco de nosotros”.

Así, el profe Nelson descubrió que con las niñas y niños emberá katío “sirve mucho la simulación y la repetición. Por ejemplo, las canciones que nos aprendemos en la clase, las convertimos en guías con dibujos para ayudarles a entender de qué se trata. Que ellos dibujen la canción, se familiaricen con las palabras, con los colores y con los elementos de la canción no solo les ayuda a reforzar su talento para la música, sino de paso les brinda herramientas para adaptarse a esta nueva vida en Bogotá”, destaca.

Construyendo una nueva vida en armonía con sus ancestros

S

Darío Bitucay es un niño tímido y reservado, como muchos de los de su pueblo. No habla muy bien español y le cuesta quedarse sentado en el puesto y poner atención al tablero. Sin embargo, su atención es capturada cuando el profe Nelson cruza la puerta con la guitarra en la mano. Darío se levanta de su silla y corre a donde el maestro para darle un gran abrazo. Esa es su manera de decirle que está listo para aprender la lección.

“Me gusta mucho la música. Me gusta cantar. Mi canción favorita es la ‘Cabra Chitor’, que habla de una cabrita blanca que va al río a buscar agua para tomar. Me gustan las canciones así, de animales, de naturaleza”, dice Darío, quien junto a su compañero Jorge Antonio Placo – que lo acompaña en la guitarra- siguen cantando y riendo, aunque la lección ya ha terminado, pues para ellos esta sencilla clase de música se convirtió en el elemento integrador que ha hecho más fácil su adaptación a la vida en la ciudad.

Ganar confianza en sí mismos, relacionarse con los demás, expresar sus sentimientos, compartir con los demás algo de su conocimiento, de su cultura y hasta a aprender español -porque a través de las canciones se practica la pronunciación, la entonación y se relacionan conceptos-, son algunos de los beneficios que el coro ha traído para las niñas y niños emberá katío, y que le confirma a la comunidad educativa del Agustín Nieto Caballero que, todos los esfuerzos por el bienestar de estos pequeños, valen la pena.

“Los emberá tradicionalmente reciben su clase al aire libre, o en una maloka o debajo de un árbol. Por eso yo trato de ambientar el salón con lo que me ofrece el medio, con lo que yo me imagino, con mucho amor. Hay días en que nos paramos de los pupitres y nos sentamos en el árbol que tenemos pintado aquí en el salón. Son estrategias para que ellos no vean la escuela como un régimen, como algo que se impone, son caminos para que se sientan a gusto en esta nueva casa, por ello este coro tiene tanto valor para todos los que estamos aquí”, comenta la profe Nelly Mosquera, especialista en el trabajo con los niños de la comunidad emberá katío.

Para esta maestra, el talento de estos niños para la música es algo natural, que viene de su estrecha y afectiva relación con la tierra y con el universo. “Ellos son músicos innatos. Ellos jamás gritan ni hablan duro y como son de la selva ellos saben escuchar los sonidos de los animales, del viento, de los ríos. Ellos imitan algunos sonidos de animales y de la naturaleza y eso hace que afinen, son técnicas musicales de la naturaleza”, concluye esta afectuosa maestra.

D

Aunque llevan pocos meses de trabajo, el coro emberá katío ya ha alternado en sus presentaciones con el coro del colegio, fortaleciendo lazos con compañeros y maestros y compartiendo un poco más del riquísimo saber milenario de este pueblo del que tanto podemos aprender. Sus voces traen un poco de esa armonía con la tierra y con los seres del universo a la agitada vida capitalina.

Porque una ciudad educadora es una Bogotá mejor para todos.

Por Nicolás Rodríguez

Fotos Julio Barrera


¿Le fue útil este contenido?
¿Qué está pasando en Bogotá?