Fecha de publicación: Mié, 21/09/2016 - 14:27
“EL DIÁLOGO ELIMINA LOS FANTASMAS DE LA GUERRA”, EL MENSAJE DE 800 ESTUDIANTES DE SUBA
Pequeñas acciones logran grandes cambios. Esa es la premisa del ‘Muro de la Expresión y la Convivencia’, un proyecto del colegio Virginia Gutiérrez de Pineda que le apuesta a validar las opiniones de sus estudiantes para crear un ambiente donde la tolerancia y el respeto son protagonistas.
Son 6 metros de libertad. “Un espacio donde podemos plasmar lo que pensamos, opinamos o sentimos. Nadie critica lo que ahí se pone”, asegura Briyed Sarmiento de 14 años, una de las estudiantes de 9° que hoy, junto a sus compañeros de curso, pintan en el ‘Muro de la Expresión y la Convivencia’.
En letras gigantes se lee un mensaje: “el diálogo y la tolerancia eliminan los fantasmas de la guerra”. Una reflexión a propósito de la Segunda Guerra Mundial que resulta tan actual y pertinente al momento que atraviesa el país.
“El muro tiene muchas funciones: tenemos de dos tipos, uno temático y otro libre. El del hoy es temático, es decir, lo hacemos sobre el contenido de la clase de la profesora Gladys. Pero no sobre lo que ya sabemos sino sobre lo que nos dejó a nosotros”, explica Loise Rojas, de 15 años, mientras termina de pegar las letras que arman la frase.
De pie y observando la actividad, se encuentra Gladys Chacón, la profesora de sociales quien, junto al coordinador de convivencia Vicente Ruiz, y 19 docentes más, crearon este espacio que nació de lo que parecía ser un problema sin salida.
“Cuando inició el colegio, recibimos estudiantes provenientes de los otros colegios de la zona, niños que terminaron aquí por sus problemas de comportamiento o nivel académico. Eso hizo que el trabajo fuera un poco complicado por ser grupos tan diversos y heterogéneos. Eso nos llevó a buscar una alternativa que nos acercara y concluimos que los chicos necesitaban un espacio donde se pudieran expresar libremente”, explica la profesora Gladys.
Cada 15 días el muro se renueva, ya sea para hablar de historia, prevención de consumo de sustancias, o sencillamente, para ser el centro de la creatividad y forma de percibir la vida de estos más de 800 estudiantes, que han encontrado en su colegio un espacio propicio para aprender, pensar y hablar sin miedo.
Empoderar a los estudiantes para legitimar nuevas formas de comunicación
A pesar de estar ubicados en la Upz El Rincón, una de las zonas de la ciudad donde los problemas de inseguridad, microtráfico y violencia son reiterativos, el colegio Virginia Gutiérrez de Pineda es ejemplo de sana convivencia en la localidad 11.
“Cuando estamos en reuniones en la localidad nos damos cuenta de que nuestros índices de problemas son muy inferiores frente al resto de las otras instituciones. Nuestra conclusión de eso, la sospecha que tenemos, es que el empoderar a los muchachos nos ha traído enormes beneficios, y uno de ellos, son los buenos niveles de convivencia”, comenta Vicente Ruiz, el coordinador que tuvo la pericia de encontrar en lo que muchos catalogan como actos de ‘vandalismo’, una forma legítima de comunicación.
“Antes los chicos se comunicaban en las paredes, en los pupitres, en los baños y aunque ahí habían formas legítimas de comunicación, nosotros como escuela no las validábamos. Creíamos que era un lenguaje asociado al vandalismo, a la violencia, pero al ver de cerca nos dimos cuenta de que para ellos son lenguajes rutinarios, espontáneos, que no tienen las connotaciones negativas que nosotros los adultos les ponemos, entonces quisimos ver qué pasaba si le abríamos un espacio a esas comunicaciones marginales, y el resultado ha sido muy positivo”, comenta el coordinador.
En este sencillo pero poderoso supuesto de legitimar las expresiones de todos los miembros de la comunidad educativa y hacer de los desacuerdos puntos de encuentro para la academia, la tolerancia y el diálogo respetuoso, se fundamenta la convivencia del colegio Virginia Gutiérrez de Pineda.
No ha sido un proceso fácil, los grandes cambios no ocurren de la noche a la mañana, pero para esta comunidad educativa, todos y cada uno de esos esfuerzos han valido la pena.
“Los primeros muros tenían comentarios agresivos y varios lo usaban para tratarse mal, pero poco a poco eso ha ido cambiando y ahora todos opinan con respeto. A mí me gusta porque he aprendido sobre educación sexual y los efectos de consumir drogas. Veo el muro como una clase donde aprendo de temas que a veces son incómodos de tratar en el salón”, comenta el estudiante Iván Rincón.
Gracias a la acogida que el ‘Muro de la Expresión y la Convivencia’ ha tenido entre los estudiantes de bachillerato, se ha abierto otro espacio para los más pequeños de la institución educativa que, con dibujos y mucho color, han plasmado su forma de ver el mundo.
“A los pequeños les ha gustado mucho este ejercicio porque, además de dibujar o escribir lo que desean, se sienten importantes porque les da protagonismo y eso les gusta mucho”, señala Sonia Cordero, docente de primera infancia.
Tal como lo señala el rector del colegio, Henry Beltrán, espacios como estos permiten hacer de la educación un proceso más ecuánime que permita participar activamente a todos los actores involucrados. “Se trata de trabajar juntos por un mejor futuro para nuestras niñas, niños y jóvenes”, asegura el rector que, junto a su equipo de trabajo, suman esfuerzos para contribuir a este proyecto de ciudad educadora.
Deconstruir para construir, una nueva forma de enseñar
Para la comunidad educativa del Virginia Gutiérrez de Pineda, la clave del éxito de su ejemplar ejercicio de sana convivencia, se centra en el hecho de atreverse a mirar desde otro lado de la arista.
“El empoderar a los estudiantes nos pone en desequilibrio con nuestras creencias y paradigmas, es un panorama incierto pero que puede funcionar. Eso nos lleva a pensar que, aunque lo tradicional ha funcionado, otras posibilidades deben ser incluidas”, dice el coordinador Vicente Ruiz, licenciado en matemáticas, con magíster en educación y estudiante de doctorado en Ciencias Sociales de la Universidad de La Plata, Argentina.
Lo mismo opina la profesora Gladys para quien también es necesario buscar nuevas pedagogías y metodologías que permitan que los contenidos de aula se adecuen a las necesidades que está pidiendo la educación actual.
“Lo que nosotros hacíamos normalmente estaba pensado para una educación no tan compleja como la que tenemos hoy en día. Las nuevas generaciones no son iguales a las de hace cinco o diez años, y por eso es necesario encontrar nuevas vías para llegar a ellos y acompañarlos en su proceso formativo, pero para lograr eso primero debemos romper los paradigmas de nosotros los adultos y esa es la barrera más fuerte que debemos afrontar”, asegura la docente.
Si bien son muchos los logros que este proyecto ha alcanzado, todavía hay un largo camino por andar, pues son conscientes de que para lograr cambios reales y profundos es necesario que toda la sociedad participe activamente de ellos.
“Cuando están en el colegio, los muchachos escuchan todo lo que les decimos y son receptivos a esto, saben de la importancia de tolerar, de respetar, de dialogar. Lo que pasa es que cuando están en la calle, perciben que ese carretazo no funciona porque afuera los problemas se resuelven de forma violenta, en especial en este sector donde estamos ubicados. Y sí, eso puede hacer que la esperanza disminuya, pero es ahí precisamente donde debemos seguir trabajando, esa es nuestra labor”, concluye Vicente mientras los estudiantes terminan de pintar el muro, que en tan solo 6 x 1,50 metros, fue capaz de convencer a más de 800 estudiantes de que pequeñas acciones logran grandes cambios.
Porque una ciudad educadora es una Bogotá Mejor para Todos.
Por Paula Andrea Fuentes
Fotos Juan Pablo Duarte
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