Fecha de publicación: Vie, 16/12/2016 - 16:37
COLEGIO PÚBLICO LUCHA CONTRA LA CRISIS AMBIENTAL EN CIUDAD BOLÍVAR
Por medio del trabajo agrícola y ecológico, la comunidad del colegio José Celestino Mutis ha impulsado la labor de ‘sembrar’ en las nuevas generaciones una conciencia ambiental de respeto y buen uso de los recursos naturales.
En un espacio de cerca de mil metros cuadrados en una de las zonas verdes de la institución, se levanta el ‘Jardín Agroecológico’, que más que una huerta donde se siembran lechugas, acelgas y cilantro, es un escenario de experimentación y de aprendizajes didácticos y múltiples que tienen como objetivo principal ‘reconectar’ a las personas con la tierra, la comida y el medio ambiente.
El proyecto transversal ‘Jardín Agroecológico: la consolidación de un ambiente de aprendizaje desde la educación ambiental’, que congrega a 9 docentes de diferentes áreas y a decenas de estudiantes de la institución desde sexto hasta once, no solo es una estrategia pedagógica para dinamizar la enseñanza y el aprendizaje de la naturaleza, sino que también es una respuesta desde la educación a la crisis ambiental que padece esta zona rural de la localidad de Ciudad Bolívar.
El colegio José Celestino Mutis, ubicado en el sector rural del Mochuelo, resiente especialmente la contaminación y el deterioro ambiental ya que tiene como vecinos al relleno sanitario Doña Juana y el parque minero industrial de Ciudad Bolívar, lo que representa para esta comunidad educativa conflictos como mala calidad del aire, deforestación, contaminación de las fuentes hídricas y otros asuntos de orden prioritario.

“La apuesta que hacemos nosotros es un trabajo con la tierra, pero en la esencia lo que buscamos es hacer una crítica a las formas en las que estamos conociendo y construyendo el conocimiento en la escuela. Y si uno hace esa crítica, por supuesto debe haber un efecto en las prácticas, entonces a pesar de que uno podría pensar que el resultado son lechugas y acelgas, lo que logramos es abrir el debate de las relaciones que construimos nosotros como humanos con la naturaleza y con los recursos naturales y de las formas que tenemos de acercarnos al conocimiento”, dice la profesora de ciencias naturales, Nancy Bonilla, quien lidera el proyecto junto a Mónica García, Patricia Rojas y otros 5 docentes de diferentes áreas de la institución.
Buscar soluciones viables y efectivas, generadas desde la escuela y desde la educación, para estas cuestiones apremiantes que afectan la vida y la salud de la comunidad, es otro de los objetivos del proyecto. “La crisis ambiental se refleja en muchos terrenos, no solamente en lo ecológico, sino también en los social, en la forma en que la gente responde y se relaciona y esa crisis ambiental. A pesar de que hay una propuesta de educación ambiental desde hace mucho tiempo, el resultado sigue siendo el deterioro de esas relaciones ambientales y ese es el debate que queremos poner sobre la mesa”, destaca la maestra.
Un jardín para cambiar la forma de enseñar y de aprender
Uno de los factores más determinantes de estas relaciones conflictivas de las comunidades con la naturaleza – señala la docente – es que, desde el punto de vista de la escuela tradicional, el paradigma de educación ambiental es positivista, fragmentario y limitado, lo que significa que pese a que se llevan décadas trabajando este tema el resultado sigue siendo el mismo.
La transversalidad del conocimiento, la articulación de las diferentes áreas alrededor del tema ambiental y la dinamización de las formas de conocer y de aprender, son las alternativas que estos docentes formularon desde que se empezó a consolidar el proyecto en 2014.
Como destaca la profe Nancy, “aunque es un proceso complejo, nuestra apuesta es aproximarnos al trabajo con la tierra de una forma transversal e interdisciplinaria, desde el terreno práctico y también pedagógico, vinculando las diferentes áreas del conocimiento. Filósofos, matemáticos, biólogos, docentes de idiomas se meten en el ejercicio de trabajar la tierra, pero también se meten en la discusión de cómo cambiar la forma de enseñar su disciplina”.
“Entonces tenemos los dos escenarios: desde lo práctico, con los niños, cultivamos, producimos, comemos, pero a la vez estamos cuestionando profundamente desde lo pedagógico cómo nosotros los docentes enseñamos, cómo construimos las prácticas pedagógicas de la institución”.
Esta aproximación pedagógica, alternativa y didáctica, ya rinde frutos en las conciencias de los estudiantes, en sus formas de conocer la tierra y de relacionarse con ella.
Como asegura Sara Rodríguez, estudiante de séptimo y miembro activo del proyecto, “lo más bacano del proceso ha sido aprender a cultivar, aprender a hacer los compostajes, conocer los diferentes tipos de plantas y los beneficios que traen. Plantas medicinales como la caléndula y el sauco nos sirven para aliviar muchas enfermedades y son productos naturales que nosotros mismos cultivamos, en vez de ir a una farmacia y comprar unas pastillas que tienen químicos y efectos secundarios”.
Sembrando una nueva conciencia social y ambiental
“Desde el punto de vista práctico hay un escenario material, que el jardín donde se cultiva, se produce, con unos principios de la agro ecología, de la producción orgánica, donde hay asociación con otros espacios que hay en el colegio como el vivero, el gallinero, las ovejas. El jardín es solo uno de los ambientes de aprendizaje, pero lo que estamos haciendo es una relación con la tierra y la producción de alimentos y todo el debate que eso implica”, resalta la profe Nancy.
Esa nueva aproximación a la naturaleza, ese nuevo relacionamiento con los alimentos y con los recursos que se gestó en el proyecto, rebasó los límites de lo ambiental y se extendió a otros terrenos como el social y el de convivencia ya que la experiencia ha permitido dinamizar las relaciones entre estudiantes y docentes y ha abierto la puerta para el trabajo colaborativo con el campesinado de la zona.
“Hay un ejercicio de articulación con la comunidad muy interesante que nos ha permitido por ejemplo consolidar el banco de semillas, que es como este asunto de la semilla como fuente de vida que hemos venido consolidando con la comunidad. Tenemos unos custodios de semillas con los que nos hemos articulado, que son campesinos de ahí de la vereda y hacemos intercambios y encuentros”, añade la maestra.
El resultado ha sido una nueva y renovada conciencia en estos jóvenes que son el futuro, las manos que labrarán la tierra mañana. Como pondera la estudiante de séptimo Valery Chaparro, “la experiencia ha servido para valorar el conocimiento y la labor del campesino es vital para nosotros porque ellos tienen toda la sabiduría, todo el conocimiento de la tierra y de los alimentos que ella produce. De aquí a mañana no sabemos qué pueda pasar, entonces si nosotros mismos podemos cultivar los alimentos no tendríamos que depender de los grandes productores”.
Echando azadón, hombro a hombro con los compañeros y los campesinos, cambiando los hábitos alimenticios y las dinámicas de consumo, esta comunidad educativa ya ‘siembra su granito de arena’ en la construcción de una Bogotá rural, Mejor Para Todos.
Por Nicolás Rodríguez
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