Fecha de publicación: Jue, 13/07/2017 - 14:53
LA PROFE QUE LES DEVOLVIÓ LA ESPERANZA A LOS HABITANTES DE CALLE DEL BARRIO RESTREPO
Convencida de que la labor de los maestros va más allá del aula de clase, Bertha Martínez, de la Escuela Normal Superior Distrital María Montessori, inició junto a sus estudiantes una cruzada social y ambiental alrededor del canal del Río Fucha. #GraciasProfe por inspirarnos a transformar las realidades en nuestros territorios.
Era octubre del 2013 y caía un aguacero torrencial, de esos que se desprenden del cielo bogotano sin previo aviso. Por la ventana de su salón, que tiene vista al canal del Río Fucha, la profesora Bertha Martínez y sus estudiantes alcanzaban a ver a una mujer luchando para refugiarse de las ráfagas de lluvia contra las paredes del colegio.
Ese día, esa imagen les enseñó más que mil palabras. Despertó en ellos la necesidad y el compromiso de hacer lo que estuviera a su alcance para mejorar la vida de los habitantes de calle que se encontraban en los alrededores del colegio público de Bogotá Escuela Normal Superior María Montessori, de la que Bertha es docente de ciencias naturales desde hace 11 años.
Con el río como punto de encuentro, esta maestra inició un proyecto ambiental y social que articuló a diferentes entidades del Distrito para que al menos 15 personas, que habitaban en la ronda de este recurso hídrico, se acogieran a un proceso de rehabilitación con la Secretaría Distrital de Integración Social y se convirtieran en sus acompañantes en la cruzada por el reconocimiento y la recuperación del canal.
“Iniciamos nuestro trabajo alrededor del río, entendiéndolo como un ecosistema afectado por nuestras acciones y también por la presencia de los habitantes de calle. Reunimos a las instituciones, la comunidad y los estudiantes para tener un doble impacto: trabajar por el río, y también por quienes vivían allí”, explica la profe Bertha, que ya lleva 41 años al servicio de la educación pública de Bogotá.
La escuela que construye territorio
Todo empezó en la ronda del Río y, por esta razón, el proyecto se llama ‘Rio Fucha, te quiero más humano’. Allí, la profe Bertha conoció a José Miguel, quien desde los 8 años deambulaba por las calles de la ciudad.
“Para mí, la profe Bertha es una persona muy linda, que tiene corazón para los habitantes y exhabitantes de la calle. Sé que ella sufre cuando llueve al pensar que hay personas que están pasando el aguacero sin un techo”, dice José Miguel.
También se encontró con María Luisa, Carlos y otros tantos de sus compañeros, con los que empezó a tejer un vínculo entrañable por medio de una mesa de trabajo a la que asistían representantes de diferentes entidades y este grupo de ciudadanos, cuyo nombre simboliza exactamente lo que esta maestra les devolvió a los habitantes de calle del sector: la esperanza.
Carlos, un pequeño empresario que se convirtió en habitante de la calle a los 28 años tras enfrentar difíciles circunstancias en su vida, recuerda que “la profe empezó a darse a conocer entre nosotros, demostrando su interés por ayudarnos. Pero lo más importante, su parte humana, sus ganas de querernos. Eso es algo que no hace cualquiera”.
En la mesa La Esperanza, los estudiantes enseñaban lectura y escritura a los habitantes que iniciaban su proceso de resocialización. Poco a poco, ellos ingresaron a los hogares de paso y tomaron las decisiones más difíciles para dejar las calles y las drogas, y empezar a construir juntos el grupo Lumen, en el que trabajan con reciclaje para conseguir recursos y salir adelante.
Un año después, cuando ya estaban preparados, las puertas de la Escuela Normal Superior Distrital María Montessori se abrieron para recibirlos y acogerlos. Los exhabitantes de calle entraron al colegio, ya no para aprender, sino para enseñar a partir de sus propias vivencias en charlas de prevención.
Desde que pisó la entrada de esta institución educativa, ubicada en el barrio Restrepo, José Manuel se sintió feliz. “Yo nunca había tenido la oportunidad de estar en un colegio y menos pensé que un día iba a dictar una clase”, recuerda con emoción.
A los estudiantes de la Escuela, que en un principio se sintieron temerosos ante los nuevos visitantes, José Miguel, Carlos y Yudi les cuentan las historias que los llevaron a las calles y los alejaron de sus familias; el drama de consumir sustancias psicoactivas y de “dejarse llevar por malas amistades”.
“Les hablamos de nuestras vidas para que ellos reflexionen. Yo les digo que lo que siempre falta es la comunicación y la comprensión familiar, que tienen que construirla con sus papás. También que no se dejen influenciar. Aunque es duro hablar y recordar, es una experiencia muy bonita”, explica Yudi.
Además de participar en estas actividades y otras jornadas de trabajo ambiental en el Río Fucha, este año el proyecto se está expandiendo a otros colegios de la localidad, a los que asisten “para dictar charlas de prevención de consumo de sustancias psicoactivas y habitabilidad en calle”, como ellos afirman con seguridad, y en retribución, los estudiantes recolectan material de reciclaje para su asociación.
Una maestra que inspira grandes transformaciones
Con su carisma, compromiso y entusiasmo, la maestra Bertha Martínez transformó las vidas de este grupo de ciudadanos. Es una batalla que ha librado apoyándolos y no dejándolos desfallecer, con el acompañamiento de sus estudiantes y colegas, y, sobretodo, garantizando la articulación de diferentes entidades alrededor del colegio.
Carlos, por ejemplo, insiste en el impacto que esta experiencia ha tenido en su mentalidad. “Conocer a los estudiantes me ha dejado muchas enseñanzas. Ellos están viviendo su juventud y traen a nuestras vidas un interés por salir adelante, por aprender, por cambiar”, asegura.
Pero sus acciones no han impactado solamente a quienes hoy orgullosamente se refieren a sí mismos como exhabitantes de calle. En este proceso, todos han cambiado. Bertha, por ejemplo, dice que “he aprendido de ellos la humildad, la fortaleza, el deseo de salir adelante, eso que dice Paulo Freire de que la transformación se da transformándose a uno mismo para transformar a los demás”.
Asimismo, el temor inicial de los estudiantes se convirtió en admiración. Cristián Obando Salamanca, estudiante de grado 9°, cuenta que esta experiencia le ha permitido “reflexionar, tener conciencia y ponerme en los zapatos del otro. Muchas veces las personas pensamos que quienes viven así lo hacen porque quieren, pero después de conocer sus historias, abrimos los ojos ante muchas realidades de violencia y abandono”.
Lo más importante de este proceso, dice su compañero Sebastián Rozo, es que los aprendizajes no se limitan “al libro y al aula de clase. Ellos nos enseñan desde la experiencia de vida”. También, como afirma Karen Rojas, “los estudiantes aprendemos a cuidarnos a nosotros mismos, nuestra vida y nuestra familia; al mismo tiempo que ayudamos al río y a las personas de Lumen”.
Cuando los cambios positivos saltan a la vista, es imposible no dejarse contagiar por este entusiasmo, como les pasó a cerca de 40 docentes y padres de familia de la Escuela Normal, que ahora realizan una jornada de voluntariado mensual en la casa de exhabitantes de calle donde vive José Manuel.
Todas estas transformaciones son la suma de su pequeña revolución, por la que a diario Bertha siente la satisfacción de la labor cumplida. Está convencida de que “el trabajo de un docente va más allá del aula y del estudiante, pues debe ser también con la comunidad y el entorno que lo rodea”.
Una reflexión que predica y aplica, demostrando el poder de grandes maestros de los colegios oficiales que con sus acciones inspiran y aportan a construir una ciudad educadora: una Bogotá mejor para todos.
Porque una ciudad educadora es una Bogotá mejor para todos.
Por Diana Corzo
Fotos Juan Pablo Duarte
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